domingo, agosto 11, 2013


LA MUJER EN LA POESIA MEXICANA

 Por Óscar Wong

  
Hasta la fecha aún no existe el concepto de poesía femenina. Héctor Valdés, por ejemplo, en su libro Poetisas mexicanas. Siglo XX (UNAM, Méx., 1976) que pretende ser la culminación del estudio de José Ma. Vigil (Poetisas mexicanas. Siglos XVI, XVII, XVIII y XIX, Méx., 1893) no indica ningún concepto esclarecedor al respecto: simplemente se concreta a enumerar la producción de las mujeres mexicanas. Destaca que en el siglo XIX no haya ninguna poetisa representativa, aunque al finalizar el siglo nace María Enriqueta Jaramillo de Pereira, la cual destacará en los primeros lustros del nuestro, a la par de otras menos conocidas.

            Enrique Jaramillo Levi, en su libro 125 mujeres en la poesía mexicana del siglo XX (Promexa Edit., Méx., 981. El estudio es capital por cuanto rescata y valora la obra de un buen número de mujeres hasta ahora desconocidas en el ámbito literario), tampoco da una respuesta específica. De hecho no considera el concepto de “poesía femenina”, aun cuando señale algunos rasgos pertinentes en la expresión de las mujeres, tales como el lenguaje intimista, el amor (para celebrarlo o lamentarlo), lo místico-religiosos y, desde luego, la problemática social. Jaramillo Levi maneja algunas actitudes características en este tipo de producción poética, pero no llega a puntualizar una idea exacta, justa, sobre el término que ahora nos importa. El crítico señala que, “aunque empieza a manifestarse una efervescencia <<feminista>> entre ciertos núcleos femeninos de la población en México y en algunos otros países latinoamericanos, todavía no se da una <<poesía feminista>> estéticamente realizada que acompañe y exprese estas inquietudes” (Op. cit).

            En efecto, el campo conceptual continúa virgen, aún cuando el interés por el tema llegue a otros ámbitos. Por ello, Isabel Fraire manifiesta lo siguiente: “La <<sensibilidad femenina>>, existe sólo cuando la mujer trata de adaptarse a un cartabón social (el amor, la ternura, la abnegación, la dulzura, es esperada hipersensibilidad). Cuando una mujer asume su temática, lo que significa ser mujer, como es el caso de Sylvia Plath, entonces hay una diferencia con la temática del hombre, claro. Pero en estos casos la sensibilidad es todo lo contrario de lo que se supone femenino: es violenta, amarga, rencorosa, cerebral, dura. Así es la obra de Sylvia Plath. No es que exista una <<sensibilidad femenina>>, no, sino que ésta ha sido el producto histórico de la limitación y programación pedagógica de la mujer” (Cf. Enrique Jaramillo Levi, “Isabel Fraire: un gesto que converge en la poesía. Entrevista con Isabel Fraire”, Casa del tiempo, No. 9, Méx., mayo de 1981).

            Fraire en su conversación con Jaramillo Levi, es clara, contundente: la humanidad es reflejada en la mujer –incluso a través de la amarga contradicción–: las pasiones y sentimientos son, de hecho, asexuales; cuando son expresadas por el hombre, la perspectiva es masculina y cuando es por la mujer, la óptica es femenina. La circunstancia no es de Perogrullo; la situación no es, necesariamente, evidente: ¿por qué tal o cuál género? ¿por qué masculino o femenino? En el arte, como en cualesquiera situaciones, se debe hablar de Humanidad. Esto es aclarado por Fraire: “En la medida en que la mujer es honesta, se brinca la barrera de lo que se supone es su sensibilidad, y entonces te da cosas como la lucidez, la violencia, la franqueza. Se trata más bien de una manera más informada y consciente de abordar la temática de la mujer, y no de una sensibilidad especial. Las novelas de la señora Elizabeth Gaskell, inglesa, son importantísimos ejemplos de lucidez, igual que las de Virginia Wolf y la obra de Sor Juana. Otro ejemplo sería el de Emití Brontë con Cumbres borrascosas. Lo que ocurre es que hay seres sensibles que son mujeres” (Op. cit., ib.).

            Insisto: estéticamente realizada con un leit motiv determinado, con tal o cual característica esencial, a la fecha no existe el concepto de literatura –o poesía– femenina… a pesar de las ponencias que las mujeres presentaron durante el IV Congreso Interamericano de Escritoras, realizado en el Palacio de Minería de la ciudad de México, en el primer semestre de 1981. Sin embargo, el concepto podría derivarse al observar de cerca la expresividad lírica de diversas mujeres mexicanas contemporáneas y conocer esa particular sensibilidad, cómo enfrentan el fenómeno poético. Para ello me valgo de tres autoras mexicanas: Elena Milán, Kira Galván y Maricruz Patiño; me apoyo, además, en la obra de Coral Bracho (Premio Nacional de Poesía 1981, con su libro El ser que va a morir) y termino con Mara y Vera Larrosa enfrentadas a Hilda Bautista. Las siete autoras representan, al margen de otras circunstancias ajenas a la literatura, las tendencias poéticas más relevantes de la actualidad (en técnica y contenido).

            En el caso de Elena Milán, el velo de la indiferencia cubre una obra dispersa en suplementos y revistas culturales de importancia: el “descuido” de los críticos y observadores se hace presente, una vez más, ahora que esta poeta ha publicado su primer poemario; me refiero a su Circuito amores y anexas (Edit. Latitudes, Colec. “El pozo y el péndulo”, Méx., 1979); en este libro, intenso, a diferencia de María Luisa “China” Mendoza –quien destaca las condiciones de las mujeres mexicanas de principios de este siglo con un aire nostálgico (V. Las cosas, Edit. Mortiz, Serie “Contrapuntos”, Méx., 1976) –, Milán enumera críticamente la situación prevaleciente en la mujer madura, trasladada hasta la época actual. La autora, de hecho, se revela ante esta situación absurda:

                        Sus buenos sentimientos les mandaron vigilarnos como a camelias

en caja de cristal:

nos mantuvieron lejos de lo ofensivo, lo vil, lo deleznable, en un

mundo mentiroso de príncipes con título universitario u olor a latifundio.

            En Circuito amores observamos muy de cerca la descripción del contexto sociopolítico actual, la cosificación del hombre –y la mujer, of course–, la tecnocracia desfilando en cada imagen, en la ironía: de hecho enjuicia a la época, donde el individuo es metamorfoseado en número, en objeto; persisten las escenas cotidianas del amor, terca-rabiosa-ilusamente ido, recobrado. El hombre –de acuerdo con la perspectiva de esta poeta– resulta un simple macho, un semental que aspira a regocijarse con la hembra. La ironía salta, desde luego, en latigazos poéticos: ¿te gusta mi cadera?/ ¿tratas de adivinar si tengo rabo?/ ¿quieres acariciarme el pelo?/ ¿encontrar el brote de algunos cuernos? Elena Milán está atenta a los procesos sociales. La visión del mundo es materialista y acaso por lo mismo se plantea cierta libertad en sus contenidos y proposiciones poéticas: ellas es una mujer “liberada” de los atavismos; una mujer contemporánea, sin complejos, inmersa en un contexto sociopolítico tal, que incluso las armas bacteriológicas del imperialismo norteamericano se presentan, en esta temática, como una virtual contingencia. El libro de Milán es la manifestación tenaz de una mujer madura, aún joven de edad, que lucha contra la cultura varonil tradicional; deseos, inhibiciones destruidas, son las actitudes que la autora maneja a veces a través de su discurso metonímico; en consecuencia, la prosa y el verso se acercan hasta crear un entorno lírico único, válido en primera instancia, aun cuando formalmente pretende manejar el verso en distintos metros, a manera de prosa cortada. Iracundia y sarcasmo puntualizados por ese toque femenino como característica esencial. En resumen, eso es Circuito amores y anexas: el sarcasmo llevado a otras condiciones vitales; la contingencia amorosa enfrentada a la perspectiva contemporánea, visualizada por una voz de mujer, sensual y positiva, ilusionada y contradictoria. Real, ara calificarla con una única palabra.
 
Del sexismo ideológico

 
 Kira Galván (México, D. F., 1956) está más politizada que Milán; para esta joven poeta –quien por cierto obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven de México “Francisco González León” en 1980–, la poesía es objeto y sujeto de la historia y por tanto tiene la función de reflejar, críticamente, la realidad social imperante. En este sentido, la temática de Galván –el amor. El sexo, los acontecimientos cotidianos, la relación económica– persiste para entregar las contradicciones que la dinámica del mundo impone. Su poema “Contradicciones ideológicas al lavar un plato” (Cf. Carlos Monsiváis, Poesía mexicana. 1915-1919, t. II, Promociones Editoriales Mexicanas, Méx., 1979. El mismo poema fue incluido en Asamblea de poetas jóvenes de México, de Gabriel Zaíd [Siglo XXI Edit., Méx, 1980]) es, más que nada, una crónica de los cómos y los porqués; en este simple hecho circunstancial –asear la vajilla– se encuentra, connotativamente hablando, el enfrentamiento de clase entre el hombre y la mujer.

            En el poema de Kira, la historia se encuentra presente como una virtual afirmación hegeliana, como una adecuada herramienta metodológica. Un guiño a Engels y Marx se traduce en los versos que se citan:

                        Contradicciones ideológicas al lavar un plato, ¿no?

                        y también explicar

                        por qué me maquillo y por qué uso perfume.

                        Por qué quiero cantar las bellezas del cuerpo masculino.

                        Quiero aclararme bien ese racimo que existe

                        entre los hombres y las mujeres.

                        Aclararme por qué cuando lavo un plato

                        o coso un botón

                        él no ha de estar haciendo lo mismo.

                        Me pinto el ojo

                        no por automatismo imbécil

                        sino porque es el único instante en el día

                        en que regreso a tiempos ajenos y

                        mi mano se vuelve egipcia y

                        el rasgo del ojo se me queda en la Historia.

                        La sombra del párpado me embalsama eternamente

                        como mujer.

            Por supuesto que este ceremonial “insignificante” al aplicarse el maquillaje, independientemente de su rigen primitivo, asume otra significación menos evidente: connota la manipulación de que son objeto las mujeres en este último tercio del siglo XX. La conciencia de Galván, siempre atenta a las relaciones sociológicas y económicas, puntualiza sobre la dialéctica, ironiza sobre la no superación de las contradicciones. Poéticamente hablando, el maquillaje esconde diversas acepciones:

                        Es el rito ancestral del payaso

                        mejilla roja y boca de color.

                        Me pinto porque así me dignifico como bufón.

                        Estoy repitiendo/ continuando un acto primitivo.

                        Es como pintar búfalos en la roca

                        y ya no hay cuevas ni búfalos,

                        pero tengo un cuerpo para texturizarlo a mi gusto.

                        Uso perfume no porque lo anuncie

                        Catherine Deneuve o lo use la Bardot

                        sino porque padezco la enfermedad

                        del siglo XX, la compulsión por la posesión:

                        creer que en una botella puede reposar

                        toda la magia del cosmos,

                        que me voy a quitar de encima

                        el olor de la herencia,

                        la gravedad de la crisis capitalista…

            Las reflexiones de Galván son esenciales en su poesía; su voz –profundamente subjetiva, históricamente objetiva– se desenvuelve en un lenguaje directo, vital, identificado con las circunstancias de nuestro México. Las dos actitudes señaladas por Miguel Donoso Pareja –actitud rebelde y posición revolucionaria–, se encuentran presentes en Galván. En el primer caso, ciertamente, “se trata de no obedecer, de resistir, de salirse de un orden al que se considera –y la mayor parte de las veces lo es– injusto. En el segundo –la actitud revolucionaria–, el asunto está por tirar abajo el orden, en cambiarlo” (Prólogo de Poesía rebelde de América, Edit. Extemporáneos, Méx., 1971: 9-10. [El subrayado es mío: OW]). La soledad, empero, también embarga a la autora; se sabe en el mundo, en la fugacidad vital, y por lo mismo se preocupa por realizar una existencia plena… a pesar del sexismo que impera en la sociedad contemporánea. Incluso ha deseado comportarse como todas las mujeres, las otras, las inconscientes con sábanas limpias y cama matrimonial, TV a las diez de la noche y reunión familiar –invariablemente– los domingos. La autora pensó que “podía llegar a ser estúpidamente feliz” en un mundo creado por los hombres. Galván es una poeta que canta al sentimiento humano, a la plenitud de las contradicciones, donde el amor –finalmente– es parte esencial de la vida y que puede transformar al sujeto y –¿por qué no? – al mundo:

Soy un incendio./ Mi pelo, es el pelo de todos/ porque lanza llamaradas/ hacia lo desconocido./ Así es que, si él viene a buscarme,/ díganle que me transformé/ en una gran hoguera.

Kira Galván, a mi juicio, es quizá la voz más completa en la poesía femenina de México, en vías de ofrecernos una obra inobjetable: sus recursos son variados, numerosos, y su actitud muy necesaria.
 
La nostalgia del presente

 
 En otro orden de ideas, Maricruz Patiño (México, DF. F., 1959) destaca al lado de las poetas estudiadas anteriormente. Su libro La circunstancia pesa (UNAM, Colec. Cuadernos de poesía, Méx., 1979, 95 pp.) lo confirma. Pero si en Milán la voz es ironía, volcada en eterna protesta; si en Kira Galván la poesía hurga en la Historia, en la lucha de clases y busca la superación de las contradicciones, en Maricruz Patiño la realidad pesa –también– sólo que de manera sutil. Y es que, de hecho, en Patiño los acontecimientos circunstanciales sirven para realizar una crónica de la existencia. Testigo de su tiempo, Patiño asiste a los cambios físicos espirituales de manera pasiva, preocupada más por las descripciones que por las acciones mismas.

            Si Galván reflexiona crítica y objetivamente, la autora de La circunstancia pesa se ocupa de anotar los acontecimientos cotidianos con pasividad; por ende, su voz es tranquila, con un tono clásico, paisajista, aunque de ninguna manera elude su condición vital ante lo fugaz de la existencia:

                        Lo recuerdo todo.

                        La vida es otra  y la misma.

                        Regresa nuevamente

                        para envolverme en la demencia

                        de tener que nombrarla.

            Más próxima a Rosario Castellanos, la autora puntualiza como aquélla en la decantación de las relaciones, en la cultura como instrumento de observación. El pretérito, la posibilidad de la carga connotadamente antigua, vieja, asoma por entero. El amor, la nostalgia, son expresiones que naufragan en el presente: el tono de tragedia de la Castellanos surge con elegancia mesurada:

                        La corriente de la vida me arrastra

                        Y en tus ramas se quedan mis despojos

                        Y en el último lago desembocan los tuyos.

                        En el fluir del río me voy desmemoriando

                        Y sólo el acabarnos persiste.

                        Te miro, sales de la tumba:

                        Reviso los vestigios, los perfumes nocturnos,

                        Reconstruyo el principio

                        Y todo ha sido lo mismo: decantarse.

            Por supuesto que, en ocasiones, se rebela en contra del papel de la mujer: cuando lo hace desde la ironía, como sin desearlo… pero apuntando hacia el blanco, a la herida dolorosa que es la sociedad:

                        Tú que un día dijiste de mí la mejor de las diosas

                        Tú que dijiste que harías una gran artista

                        Tú que estabas conmigo y ya lo ves

                        Hasta he llegado a sentirme un Roque Dalton

                        Asesinado por el mismo puño que se amaba

                        Y ya lo vez me has despojado otra vez

                        De toda la poesía y arrojado de nuevo

                        Arguyendo no sé qué

                        Sobre la perspectiva histórica y sus heces.

            En las cuatro partes de que consta el preario, la autora recurre a su particular circunstancia para describir el mundo. La añoranza, es, acaso, el fardo que hace el que su poesía no se entregue a la libertad que persigue: añoranza por el tono confesional, inhibición al rompimiento del ritmo. En La circunstancia pesa, Maricruz Patiño forcejea con ella misma, con sus propios contenidos, lo cual se traduce en un poemario bien escrito; pero sin el desfogue que su espíritu necesita, sin la libertad expresiva que sería más acorde con lo que –se deduce– es su yo herido.

 Alegoría de la contemplación

 
Por su parte Coral Bracho (México, D. F., 1951) se esconde en un barroquismo lírico, donde la imagen está al servicio de la ambigüedad aparente. Bracho tiene un compromiso ineludible: superar ese intenso poema suyo, Peces de piel fugaz, publicado por el sello La Máquina de Escribir (Méx., 1977. La edición es de las llamadas marginales, por ello sería conveniente una edición de mayor alcance). Aquí su poesía alcanza el tono universal, genérico que califica a los grandes poemas, esos que subsumen una realidad y la transforman. Peces de piel fugaz es un inmenso poema que revela la magnitud –mejor dicho, la posibilidad de esta dimensión, si consideramos que Bracho es joven y puede, debe, continuar creciendo–, la categoría de poeta, su trascendencia.

            El poema es un largo deslumbramiento, una fiesta de los sentidos. Atmósferas, sensaciones; imaginario movimiento de la cámara cinematográfica irrumpiendo en un paraje virgen. Bracho recurre al agua como punto de partida para destacar el movimiento escenográfico: como Gorostiza, quien en Muerte sin fin descubre las causalidades de la forma, cambiante y unívoca, del agua –de la realidad, en su sentido más extenso–, la autora utiliza el líquido vital para cantar con júbilo el asombro: la misma alegría de Francisco de Asís, la vastedad del descubrimiento del hombre mítico escapado de la caverna platónica. La alegoría es clara, sólo que aquí, en Peces de piel fugaz, el conocimiento deslumbra, pero no enceguece; marea, pero no entorpece. Ascenso y contemplación que vitaliza el espíritu:

                        Todo se esparce en amarillos. Los monos saltan.

Antes, cuando miraba el tiempo como se palpa suavemente una seda, como se engullen peces pequeños. El sol desgajado del aire haces del polvo.

En un espacio abrupto pero preciso; a partir de entonces los árboles. Hacia abajo las ganas irrefrenables.

Los monos, como dijeron todos, eran salvajes; cuerpecillos tirantes y amarillentos. El juego era portentoso, desarraigado; las manos, llenas de lodo.

El agua brilla; en sus ojos la noche es un impulso vago y oscilatorio, una tajada oscura –boca finísima– lo delínea. Pero empezar aquí con el consuelo de ver a todos enardecidos, y mirar de improviso sus dedos híbridos, infantiles.

            Para Coral Bracho el mundo podría ser una zona de penumbras, umbral de nostalgias reblandecidas; el paisaje descrito con júbilo, la kínesis que impulsa esta naturaleza es total. Pero, ¿qué mundo describe la poeta? ¿El del primer hombre y la primera mujer, asombrados por el movimiento luminoso; el futuro, acaso, luego de un holocausto nuclear; la vuelta, después de milenios, del hombre lleno de inocencia? Quizá sea, apenas, una ensoñación, un guión aún por realizar donde manos infantiles se muevan ante la cámara, hurgando en un bosque ideal. Después de todo la realidad es insondable, irrepetible, siempre nueva en su transcurso agónico:

Y es el instante; pero empezar aquí. Sus ojos ávidos, insondables. En sus bordes espesos, las voces, las aguas cambian; peces de piel fugaz.

Sorprende la voz de Bracho, sorprende por sus amplios recursos, por las intenciones al asumir, con responsabilidad crítica, la enorme herencia literaria mexicana que empieza con Primero sueño, de Sor Juana, y culmina –hasta el momento– en La flama en el espejo, de Bonifaz Nuño, o en Las cuatro estaciones, de Jaime Labastida. Coral Bracho tiene, de hecho, un compromiso: superar con su propia obra futura ese poema –perenne en su dinámica interna– que transcribe el movimiento de la naturaleza, el conocimiento del espíritu: Peces de piel fugaz.

Del sexo y sus alrededores

 
Entre la expresividad convulsa de Mara Larrosa (México, D. F., 1956) y a sensualidad deliberada de Vera del mismo apellido, se ubica la pasividad natural de Hilda Bautista (México, D. F., 1956); en las tres autoras el sexo es esencial, aunque observado –y degustado– desde circunstancias diferentes (y opuestas en ocasiones). En Mara, la semejanza de los cuerpos es vital, pero no esencial:

                        Es la luz que tiene que entrar en la oscuridad, por eso me han crecido los árboles en las orejas, por eso se ha extendido mi esencia femenina hasta ti, tan cercano tu sexo, tu vientre plano, hermoso. Hasta ti temblando, para ti derramando: me he dado cuenta que somos semejantes. Amo tus piernas blancas, tus brazos blancos.

En Vera Larrosa (México, D. F., 1957), el anhelo se vuelca en una relación urbana, cautamente femenina. Dolida, tiene que iniciar el rito sexual, sexista, acaso porque para los hombres la mujer es simplemente “un diminuto grano de pimienta” Mara parece ser más desinhibida que su hermana al expresar sus contenidos utilizando todos los recursos disponibles. Fluida, no obstante sus largos versículos, transformados casi en una prosa rítmica, Mara canta con transparente inercia todo lo que acontece a su derredor; poesía preocupada por vivir, por existir, a pesar de los aires críticos, casi apocalípticos, que nublan al mundo:

Alguien amará los últimos patos del lago, alguien amará el volumen del mundo, la intimidad, los rasgos de cada edad, de las rocas que alcance a conocer.

En el poema denominado Agosto, hola poeta, te amo (V. la revista Le prosa, No. 1, Méx., abril-junio de 1980, s. p. [aunque por el orden debía ser 60-61]), Mara canta sin más la trascendencia del mundo: su insinuante valemadrismo no es una posición aberrante, tampoco es una actitud hipócritamente asumida. Lo que sucede es inobjetable: la poeta no puede aclarar la significación del momento; lo capta, así sin más, y lo entrega. La intuición, por supuesto, hace exclamar que posiblemente existe algo que trasciende, pero no es la simple forma de las cosas o de los individuos. Asistimos a la interrogante de Gorostiza, reflejada –una vez más– en una expresión convulsa, más acorde con nuestro tiempo. Y por eso –puntualiza sobre lo perenne y universal, captar la esencial dinámica del universo– hace válida la obra de Mara Larrosa.

Vera, por su parte, está muy próxima a Kira Galván cuando alerta su conciencia sobre las particularidades de lo cotidiano; aunque por su intención y tono, por su ironía y aparente júbilo, esté hermanada con Elena Milán. Como esta última autora, Vera se dedica a coquetear con el mundo varonil, buscando no un enfrentamiento, sino un lugar, un sitio donde arrojar sus dardos; por lo mismo, el enfrentamiento de clases, las contradicciones ideológicas de Kira, son superada por Vera n una “simpática” comedia que, a la postre, resulta trágica:

                        Los dos hombres que amo son viciosos

                        pero adorables

                        les he mandado flores a su camarote

                        y versos bellos y versos malos.

                        Parece que yo fuera el caballero en vez de la dama

            Su poesía es una larga descripción del precario universo femenino: precario por lo absurdo, por el lugar que ocupan los valores humanos; absurdo porque, todavía, las mujeres se duelen de las circunstancias imperantes, cuando ellas –las mujeres– propician este orden de cosas:

                        ¿Cuándo seré amada en los hoteles y en los campos?

                        ¿Cuándo peinaré la melena larga o corta de mis señores?

                        El frasco de pastillas suicidas

                        viajará en mi carne!

                        Habrá un drama hasta en mis calcetines si el impacto y

                        el éter florecen!

                        Ya no resisto los abandonos…

            Pero si Vera Larrosa describe situaciones límites, si se duele del status quo en tanto víctima. Hilda Bautista vuelca su ternura en el candor de una mente bella y fresca. Hilda es clásica en su tono y en su contenido: es intemporal en su propio universo, en su estructuración. Incluso utiliza el soneto para dar salida a la frustración de no tener el manso alivio de otra piel amarga. Sin embargo, en su aparente pasividad, en su entrega a sus formas clásicas, persiste un espíritu que irradia inconformidad. Sólo que aún no quiere, o no desea, destacarlo. Mientras las otras poetas hurgan en las relaciones sexuales la verdad de las cosas, la esencia envuelta en la forma, Bautista pretende visualizar los cómos y los porqués en la inteligencia, en los procesos cognitivos, en los factores del pensar. Para esta artista de la palabra, el elemento racional es el núcleo axiológico de su temática. En este sentido no es raro que derive a una estructura estática como es el soneto endecasílabo, aherrojado en catorce versos y con una consonancia ya muy transitada.

 
¿Respuesta insatisfecha?

La interrogante, luego de la observación directa de siete poetas mexicanas, vuelve a cobrar impulso: ¿existe una poesía femenina? Si ello es cierto, ¿cuál es su característica primordial?, ¿cuál su fundamento ideológico?, ¿cuál su expresión? De hecho la poesía femenina en México existe: puede detectarse de inmediato por ese tono de reproche, de crítica respuesta a un esquema cultural propuesto desde siempre por el hombre. Ciertamente, no existe una sensibilidad especial en la mujer, sólo conciencia y lucidez para enfrentarse a los fantasmas interiores y exteriores. Y a todo ello, dicha sensibilidad –retomando el juicio de Isabel Fraire– debe surgir en un contexto histórico determinado, puesto que todo punto de vista artístico, toda expresión, es social (Cf. Op. cit.).

            Recapitulando: existe poesía femenina en México en la medida en que se unifiquen las posiciones y tendencias de las poetas al expresar sus contenidos desde la óptica particular de la mujer, destacando la categoría de lo universal. La humanidad, reflejada por el punto de vista femenino, debe ser un factor insoslayable. Y la honesta lucidez para enfrentarse a sus propios recursos, a su particular y singularizada problemática.
 

((Publicado originalmente en la revista Plural, nueva época y posteriormente en mi libro Entre las musas y Apolo. Poesía mexicana: presencia y realidad, Grupo Editorial 7, Méx., 1991: 67-82. También en Lugar de encuentro. Ensayos críticos sobre poesía mexicana actual, recopilación de Norma Clan y Jesse Fernández, Edit. Katún, Méx., 1987:.205-217).

 


 

 

 

 

 

lunes, abril 22, 2013


LAS “ÍES BAJO LOS PUNTOS

CANTO DE LA GOTA DE AGUA

 

Óscar Wong

 

 

En el cuarto mes del año Ella descubrió su vocación de hada. Y con lozanía decidió renovar el crecimiento de la tierra y así entregar la magnificencia de la Diosa. Con paciencia mezcló la memoria y el deseo, removiendo las raíces turbias e hilando con floraciones de agua la heredad baldía. Emocionada, tierna y condescendiente, ascendió sobre el oleaje y renació entre la espuma. Y por lo mismo Aprilis los romanos la llamaron y los griegos Aphrodíte. Y recordó el día cuando el unicornio hizo surgir de la roca una fuente de borboteante vida y se esparcieron semillas de peligro: mientras las aguas irradiaban su humedad fertilizante, también se filtraban por las fisuras tenebrosas y goteaban hasta cavernas secretas y ardientes, entrelazándose en las raíces de los montes. Contener el crecimiento de lo oscuro es su trabajo y por eso, Eliot, Abril es el mes más fiel del año.

            Desde el sueño y el misterio, el Hechicero observó la medianía de los hombres. Y contemplando al unicornio sentenció: “Aprenderán a cantar sólo cuando beban de los ríos de silencio”. Ella sonrió, pues aquellos la ligaron con Aperio ("abrir"), porque es cuando se abre la primavera. Y significa apertura, amplitud, luz que proviene del ensanchamiento (“la alegría de la primavera”). Y “los pocos sabios que en el mundo han sido” la vincularon con el verbo aperire (“abrir”), por la supuesta forma aperilis, seguramente porque en este tiempo la Primavera abre la tierra, las flores, etc. A esta idea se unió el poeta Ovidio; aunque no hay fundamento etimológico que lo sustente. Otros propusieron el griego aphrós (“espuma”), a través de la forma aphrilis, nombre que guarda un parecido con Aphrodíte (sin embargo los romanos la llamaron Venus) porque lleva implícita la palabra espuma.

 


 

LAS “ÍES BAJO LOS PUNTOS

SU FLOR, LA MARGARITA

 

Óscar Wong

 

 

“Bajo esta roca roja sólo hay sombra y en un puñado de polvo el miedo crece. Entra bajo la sombra de esta roca roja –continúa murmurando aquel poeta– y te enseñaré algo diferente: tanto de tu sombra caminando por el alba tras de ti como de tu sombra por la tarde subiendo a tu encuentro”. El Hechicero mueve la cabeza. En las sombras, ciertamente, crecen semillas de quebranto. No obstante, durante el equinoccio, cuando el rayo de luz abate las inundaciones, cuando los días se hacen más largos que las noches y el sol llega a la virilidad, Ella deslumbrante asoma.

El origen de su nombre es inexacto (aunque su piedra es el diamante y su flor, la margarita). Azul, Gota de luz, acaso Maga azul, le digo. Pero rocío y humedad entrega. Y las advocaciones continúan: Aperio viene: recibe el sol en primavera. Puerta franca de la renovación, Aphrilis llega. Regocijo de la floración Aphrodíte es.

Entre el aliso y el sauce –árbol consagrado a los poetas–, ahora busca la morada de las Nueve Musas: barcas y remos conducen al Espíritu del Año por las aguas, hacia la tierra seca. Y porque mezclando memoria y pretensión ocurre la ceremonia de Walpurgis durante la noche del 30 de abril hasta el amanecer del 1 de mayo– y remueve raíces turbias con lluvia de primavera, fecundando hilos de la tierra yerma, Abril –amigo Eliot– es la época más fiel del año.

 


 

miércoles, marzo 06, 2013


EL SECRETO DEL VERSO

DEVELADO EN EL PABELLÓN DEL ESTADO DE MÉXICO

 

 

Como “un libro con temática etérea y cuya génesis, en su sentido original, nos habla del origen: el Verbo, la voz capaz de crear y re-crear el mundo”, la poeta mexicana Jade Castellanos calificó al volumen El secreto del verso. Manual para la enseñanza-aprendizaje en los talleres de creación literaria, del escritor sinomexicano Óscar Wong, durante la presentación, la mediatarde del jueves 26 de febrero, en el Pabellón del Estado de México, dentro del marco de la Feria Internacional del Libro en el Palacio de Minería de la UNAM.

Ante un buen número de asistentes, quienes se dieron cita al lanzamiento de este libro, editado por la Editorial Chicome, la también catedrática universitaria indicó que “El Secreto del Verso está destinado a convertirse en un clásico en lo que a textos de enseñanza de poesía concierne. Su lenguaje es franco, atinado y accesible, además, permite conocer los principales conceptos del género; encontramos verso clásico, blanco y libre, cuestiones de métrica, ritmo y rima, diversos recursos estilísticos, ejemplos y explicaciones, entre otros”.

La publicación de este Manual, inusitado en su contenido porque aunque está destinado a los talleristas de creación literaria, en virtud de que fue elaborado a manera de sesiones de taller, también puede ser utilizado como herramienta didáctica por maestros y alumnos de secundaria, preparatoria y aún a nivel de licenciatura.

También el profesor Valente Maldonado, responsable de la casa editora, manifestó su satisfacción por el trabajo profesional realizado por su equipo de diseñadores. Una tarea gratificante porque vuelve atractivo un objeto tan necesario para estudiantes y maestros de literatura.

En su oportunidad, Óscar Wong, autor de la obra, se refirió a la portada, indicando el aspecto simbólico de la misma puesto que remitía a la leyenda irlandesa narrada por el poeta inglés Robert Graves, en el sentido de que quienes aspiraban a ser escritores, pasaban la noche en una silla de piedra; algunos amanecían muertos; otros, locos, y sólo unos pocos despertaban como poetas.

La poeta y artista plástica Alma Rosa Tapia, tuvo a su cargo la conducción del evento, mientras que el profesor Alfonso Sánchez Arteche, en su calidad de anfitrión, le dio la bienvenida a los presentes, la mayoría estudiantes y escritores, como Roberto Bravo, Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí, y la fotógrafa Blanca Charolet, autora de la foto de la solapa.

Poeta, narrador y ensayista, Óscar Wong (agosto 26 de 1948) fue becario del INBA-FONAPAS en crítica literaria (1978-1979) y del Centro Mexicano de Escritores en ensayo (1985-1986). Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde 1988 con el libro Enardecida luz (UNAM, El Ala del Tigre, 1992) y Premio Literario Rosario Castellanos en Cuento 1989 con La edad de las mariposas (Talleres Gráficos de la Nación, 1990), Premio Nacional de Ensayo Magdalena Mondragón 2008. Autor de Fulgor de la desdicha (Instituto Mexiquense de Cultura, Toluca, Edoméx., 2002, 1ª. reimp., 2010), Razones de la voz (CNCA, Práctica Mortal, 2002) y En el corazón de la memoria (UAEM, 2012). Ha colaborado en diversos medios de comunicación social. Radica en la ciudad de México.

 


 

 

martes, febrero 12, 2013


POESÍA E ILUMINACIÓN

 

Por Óscar Wong

 

 

Robert Graves realiza una contundente defensa de la figura del Bardo, su función y expresividad. También analiza la relevancia de la Mujer, como Musa y Creadora, la exaltación emotiva que lleva a la magia de la manifestación lírica (La diosa blanca, Barcelona, 1986).  A partir de los mitos celtas y hebreos, principalmente, el poeta advierte la visión mágica del mundo, presente en las teorías milenaristas de la época actual. “Un mito es siempre simbólico; por esto no tiene nunca un significado unívoco, alegórico, sino una vida encapsulada que, según el terreno y la savia que la nutre, puede estallar en los más diversos y múltiples florecimientos. Es un suceso único, absoluto; un concentrado cuya potencia vital es de otras esferas distintas a la nuestra cotidiana, y como tal derrama un aire de milagro en todo aquello que lo presupone y se le asemeja”, precisa Pavese (El oficio de poeta, Méx., 1994: 52).

Es evidente que en este orden de ideas el símbolo no es más que una calidad, un suceso con un valor primario único, absoluto, pero que parte de la causalidad natural y se carga de significados múltiples. Los mitos, por supuesto, involucran a la Creación Poética. Poeta, Musa, Inspiración y Expresión tienen una íntima relación. La mitografía es clara al respecto: partiendo del Poeta como Adán en el primer día del mundo, se advierte la condición sagrada de la Palabra, del Logos hecho verso. El Poeta es quien da nombre a las cosas, otorga sentido a los sentimientos y pensamientos. Es Taliesin, el druida que convoca a la naturaleza y es capaz de desatar un vendaval gracias al conjuro poético. Una cuarteta mágica provoca heridas mortales, llena el rostro de granos y lleva a los falsos bardos a proferir incoherencias. Como auténtico rey sagrado, al igual que Jesús ordenando a las aguas a detenerse, Taliesin es un sacerdote, un hombre con un poder sobrenatural y un conocimiento que debe ser preservado para que los profanos no lo manoseen. Taliesin y Adán: dos personajes que establecen el vínculo iluminador de la Creación. Si consideramos que la Palabra es sagrada y por lo mismo tiene poder, es evidente que esto se manifiesta en la Poesía en tanto Revelación.

El mito anota que entre Dios y los Ángeles se encuentra el Hombre, esa criatura con los atributos de la divinidad, encerrado en un cuerpo material, gestado a través del polvo. Adán y Lilith, la pareja primordial, que fueron creados varón y hembra, utilizando el polvo terrestre (Adán, significa formado de Tierra), simbolizan también a la diosa y su consorte, representan los intentos del planeta por formar a la humanidad; por algo el mito considera a tres esposas de Adán. Pero el ángel más alto se sintió molesto por la presencia de esas criaturas que yacían en el Jardín del Edén, aunque hay versiones que indican que la rebelión surgió en virtud de que el mismo Todopoderoso le insistió para que se prosternara ante estos nuevos seres, a lo que respondió: “¡Cómo un hijo de la Luz va a postrarse ante un hijo del lodo!” (Robert Graves y Raphael Patai, Los mitos hebreos, Madrid, 1988, 1ª. reimp: 74-75). Un tercio de las divinidades angélicas se enfrentó a las huestes del arcángel Gabriel, pero fueron derrotados y derrumbados a los abismos. La tradición druídica refiere que el alma es inmortal, cuya procedencia es el Annwn, un lugar que podría considerarse en tanto preexistencia. La misma escritura parte de tres rayos de luz          ,     -        similares a las siglas JHWH. Hebreos y celtas hermanados en este proceso de iluminación poética. El aspecto genésico es similar: Logos u                 : la Palabra deviene en Escritura sacra que debe resguardarse de los ojos profanos. Veamos las versiones correspondientes de esta sacralidad lingüística: apunta el mito hebreo que Adán y Lilith retozaban cuando llegó Samael para reclamarle a Elohim su proceder. Dios le dio la oportunidad a este ángel luminoso para que les diera nombre a los animales y no pudo. Adán, con apoyo celestial, consiguió designarles el nombre correctamente. Este inicio es de gran trascendencia, porque el Poeta, al igual que Adán, nombra por primera vez las emociones a través de símiles y metáforas. La condición adámica se repite en cada Poeta. Su función es otorgarle nombre a las cosas. Recordemos también que el atributo divino del Amor, el Conocimiento y la Verdad se encuentran inmersos en la escritura, en el Logos, el cual puede resumirse originalmente en el Nombre sagrado y que por lo mismo no puede revelado ni escrito ni pronunciado: JHWH. Graves indica que los dedos de la mano tenían un nombre y una función; también representaban letras y servían para expresar el secreto bárdico.

Esto se hacía utilizando dichos signos, a la manera del actual lenguaje de los sordomudos. De esta forma transmitían el nombre mágico, consagrado y jamás revelado. En el Logos reside la verdad, por algo en Salem, la tierra de Melquisedec, la antigua Urusalim, radicaba la Palabra. Sonido mágico, ritualista, donde el significado también deviene en Iluminación. En la actualidad el Poeta sólo evoca esta tradición de manera intuitiva. Vivencia humana o expresión del mundo, lo sagrado como experiencia primordial, o como el orden que sigue el mundo, todavía prevalece en la óptica de muchos Poetas. Espacio sagrado, el Misterio, lo numinoso e intocable como la materia telúrica donde tiene lugar la Poesía, lo indecible que se refleja en las unidades rítmicas de manera contundente. El estado psíquico y afectivo combinándose en la naturaleza del lenguaje y que revela los diferentes sentidos del pensamiento emotivo, sensible.

“La palabra mito está hoy, con razón, un tanto desacreditada. Pero utilizándola para indicar esa interior imagen extática, embrional, grávida de posibilidades de desarrollo, que se halla en el origen de cualquier creación poética, no creemos hablar un lenguaje místico no estetizante. Simplemente, condensamos en una palabra un complejo desarrollo histórico y una convicción poética que sobre él se apoya y justifica” (Cesare Pavese, El oficio de poeta: 101). La obra exige largos cuidados. Es producto de la sensibilidad y la reflexión y va de la variable fonética a la variable semántica; y aunque revela una percepción emocional también se sustenta en el conocimiento sensible para generar una entidad viviente y que actúa por sí sola: el Poema. Santayana es claro al respecto: “Aunque un poema no se compone contando las sílabas con los dedos, sin embargo <<número>> es el sinónimo más poético de verso, y <<medida>> el equivalente más significativo de belleza, bondad, y quizá incluso de verdad. Aquellos tempranos y profundos filósofos, los seguidores de Pitágoras, vieron la esencia de todas las cosas en el número, y fue por el peso, la medida y el número, según se lee en la Biblia, como formó el Creador por primera vez la Naturaleza partir del vacío” (George Santayana, Interpretaciones de poesía y religión, Madrid, 1993:202). La medida, prosigue el autor citado, “es una condición de la perfección, porque la perfección requiere que el orden reine por doquier, que no sólo el todo que se nos aparece tenga una forma, sino que cada parte a su vez tenga su propia forma y que todas esas partes se coordinen mutuamente con las otras partes de un cosmos mayor” (Op. cit., ib.: 202).

En otras palabras el mito constituye el esquema de un hecho ocurrido y su valor le viene de esta unicidad absoluta que lo preserva del tiempo y lo consagra en su origen como Revelación. El ángel Samael –cuyo nombre no se pronuncia tres veces seguidas porque se aparece– se rebeló contra Dios a causa de la creación del hombre, quien evidentemente tiene las características de Dios y de los ángeles, a pesar de ser creado de tierra. El hombre, a diferencia de los ángeles, tiene cuerpo. Los ángeles no tienen cuerpo. Este ángel y los que se rebelaron fueron confinados al abismo; algunos señalan que al infierno, pero no un lugar de llamas, sino a la indiferencia de Dios. El Ángel Rebelde ama tanto a Dios que su infierno es ser ignorado por Él (si se ha amado sin ser correspondido, entenderá esta analogía). Adán, que era un sacerdote, fue hecho de tierra al igual que su primera esposa, Lilith; los dos fueron hechos iguales. Sin embargo, Lilith se rebeló contra la autoridad de Adán porque no la trataba con igualdad.

Hay dos versiones del mito: una de ellas cuenta que Lilith al pronunciar el nombre secreto de Dios, se desvanece; la otra indica que se fue a vivir a orillas de un río; de la unión de Lilith y los ángeles caídos surgieron los íncubos y los súcubos. Lilith es la lujuria, la parte instintiva del hombre. La manifestación hebrea es clara: para el Poeta la creación lírica significa reivindicar, evidenciar el cumplimiento fantástico de un germen mítico, separándolo del simple recuerdo. Por eso denominamos mítico “a este estado auroral; y mitos a las distintas imágenes que relampaguean, siempre las mismas para cada uno de nosotros, en el fondo de la conciencia. Ellas viven en tanto no son resueltas todavía en la evidencia poética o en la calidad racional, pero irradian tanta vida, tanto calor, tanta promesa de luz, que llegan a ser, en definitiva, otros tantos fuegos o faros de nuestra conciencia. En el razonamiento presente, estos mitos individuales nos interesan como gérmenes de toda poesía” (Op. cit., ib.: 105). La pugna de lo temporal y eterno del ser.

Evocación, mirada lánguida que se tiende sobre el mundo como una espuma ociosa; acaso el afán perentorio de volver al Origen, a la fuente luminosa, divina, como ser espiritual condenado a la esfera terrenal. En Margarita Michelena7 se advierte esta preocupación como una constante. Observar su obra con detenimiento significa adentrarse al universo de lo sagrado como perentorio, como ese espacio donde tiene lugar el Poema. Esta inquietud, esta manera de rebelarse –presente en los grandes espíritus– se da en la autora de Reunión de imágenes (1969) de manera cotidiana (Méx., 1990, la. reimp., 127 pp.). Y es que del matrimonio del Cielo con la Tierra se produce un ente anómalo, como ya se dijo, ambiguo en sus orígenes, inestable y contradictorio por su misma naturaleza. Ni Dios ni ángel: simple individuo que tiene, no obstante, el deseo vehemente de volver los ojos al Cielo, pero asentado profundamente en la Tierra. Margarita Michelena padeció esta postura genésica. Su preocupación fue la de un ser sensible que se observa ante un espejo deformado, padeciendo de “agonía perpetua”.

Sus lecturas bíblicas, sus anhelos por tornar a ese plano luminoso, el de la esencia divina, se traducen en los títulos de sus libros: Paraíso y nostalgia (1945), Laurel del ángel (1948), La tristeza terrestre (1954) y El país más allá de la niebla (1968) convocados en Reunión de imágenes. Esta tragedia existencial es, de hecho, el eje central temático de su obra. Octavio Paz observó con la lucidez exacta que lo caracterizaba estas líneas conductoras de la periodista y escritora. De cierta forma advirtió la correspondencia temática y espiritual entre Rosario Castellanos y la Michelena, puesto que ambas comparten esta visión trágica del mundo y sus modos de poetizar: construcción intelectual producto de una aguda sensibilidad, dialéctica interior que va de la sutileza al retorcimiento; en ocasiones lenguaje llano y pretencioso –muy propio del concepto estético de la época que les correspondió vivir–, que cae a veces en el tono declamatorio e inflamado (Véase Poesía en movimiento. México 1915-1966, Siglo XXI Edit., Méx., 1966.). Pasión y pensamiento, sonoridad iluminada.

En ambas escritoras mexicanas existe la queja existencial, el interés cósmico, bíblico: el tono sacro está presente, así como el aliento solemne y grave. Pero Michelena no llega a los –digamos– “excesos” de la Castellanos, ni al tono de autodenigración. Michelena se observa a sí misma no con sentido de culpa por vivir en un mundo predominante varonil, patriarcal, y muchas veces machista, sino que se duele de estar, como ente espiritual y por consiguiente superior, en un cuerpo físico que se va a degradar y desaparecer. La transitoriedad de la  existencia es, obviamente, otro aspecto de su poesía. Margarita Michelena se sabe abandonada sobre los ciegos y torpes andamios de la carne. Casi con resignación canta a la naturaleza humana, evocando su raigambre divina, espiritual, como si anhelara la esfera de la preexistencia:

 

Sé que antes del tiempo

            fui hecha de agua y fuego.

            Y vivo detenida en un oscuro instante,

            como una aguda espina

            estéril en nacimiento y muerte,

            como un infinito número de cadáveres

            de trigo verde.

(Op cit., ibid.)

 

Exiliada del mundo exterior, Michelena se acoge a una serie de adjetivos reveladores y actitudes paradojales: alegría bárbara, interino gozo, estrella presa, estéril sonrisa, húmedo fuego, difuntas espigas, universo hostil, espacio sordo, etc. Michelena tenía un oído prodigioso. Sus movimientos, su respiración lírica, sus cualidades rítmicas, se basan en los encabalgamientos, pausas y cesuras, sin olvidar la correcta acentuación y, sobre todo, la medida de su verso, casi siempre heptasílabos y endecasílabos. Su energía espiritual, su férrea voluntad, se trasminaban en esa dinámica interna que prevalecía en su obra.

En Paraíso y nostalgia se lamenta del amor, puesto que éste a veces duele, ciega. Sus manos se hunden en la sangre de la realidad. La autora se duele por ser extranjera en la carne, en sus propios sentidos. La dualidad de ser cuerpo y espíritu es rechazada con frecuencia. La esfera primordial es evocada. Así, la poesía es una forma de recordar, una lengua doliente y una copa sellada, como indicara en La tristeza terrestre. Previamente, en una obra anterior, Laurel del ángel, su propósito es dar voz a las cosas; la función de la poesía, del canto, es expresar al mundo, un oficio sacro. Es asumir la condición adámica y darle nombre a las cosas:

 

            Cantar únicamente la belleza del astro

            deteniendo en el cuello

            la integridad dorada de sus gajos.

            Y no llevar la voz más adelante,

            al tiempo en que los vientos

            y el amor ya no desnudan

            el coro de fragancia

            y el firmamento gira

            hacia la joya rota de un menguante.

 

Convencida, sentencia:

 

            Quien canta siempre siente cómo un ángel

            está invicto naciendo en su garganta.

 

En el poema que proporciona título a este libro, Laurel del ángel, determina los efectos del amor, místico o sensual. De hecho, dar amor es quedarse en el vacío. Es, básicamente, una actitud diferente al Cantar de cantares bíblico, con una óptica más objetiva: al utilizar la tercera persona, Michelena nos indica la distancia. A lo largo de este volumen, la autora se lamenta de su falta de amor. La poetisa ama... sin respuesta del amado: amada en el amado trastocada, no transformada, como señalaría el monje carmelita: El amor es muro intacto en medio de los ruidos y la escritora continúa siendo la doncella tocada por la dulce traición de la memoria. Es, sencillamente, una mujer endeble, real y concreta:

 

            la enamorada sin amor que arde

            en el casto pecado

            que es su terrible orgullo de estar sola.

 

A lo largo de su poesía, se advierte esa pugna rabiosa por expresar las contradicciones del ser humano, lo sórdido del mundo, las zonas oscuras del individuo. Y aunque honesta, auténtica, cierto pudor la llevó a contenerse: escudada en la retórica de su época, acaso le faltó mayor crudeza, más acidez, rabiosa ironía. Tal vez llegar a situaciones límites, pelearse con Dios, blasfemar, mentarle la madre, arrojarle un verso a su Ojo imperturbable. Acaso por lo mismo, Paz señala en Poesía en movimiento. México 1915-1966 que Margarita Michelena no pertenece a la tradición de la ruptura, tan manejada por nuestro desaparecido Premio Nobel de Literatura: el prejuicio de la posición, más que la actitud estética, prevaleció en su obra; el movimiento, el cambio, la rebeldía, frente al decoro y la perfección formal. Siento que un espíritu tan explosivo, con esa fuerza cósmica, telúrica, fue contenido por la misma autora para no devastarnos. Asumir sin duda la dignidad estética con la pasión, con la emoción que se dispara en un verso-proyectil. Por lo mismo, temáticamente hablando, suscribo lo que los autores de las notas en Poesía en movimiento realizaron con respecto a la expresión de la poetisa: “Solo por instantes, Margarita Michelena olvida la tempestad en que su espíritu se debate. El destierro es en ella un tema no sólo grato sino solazadamente frecuentado. Ávida de reconocerse en la ceniza, arrebatada por el canto que alienta en las tinieblas, ayuna de misericordia para consigo misma, su desolada poesía resuena como la antiquísima voz de alguien que clama desde las arenas. De pocos poetas mexicanos debe decirse, como de ella, que hace nacer imágenes de su propia desolación”.

Los compiladores prosiguen ocupándose de la poetisa en los siguientes términos: “De la angustia parte su poética y de la sombra que refleja emana un resplandor que se desposa con lo irremediable. Casi nunca recurre al gozo asiduo de lo inmediato, que tantas veces reconforta, sino que su alma se nutre de mirar cómo el deseo desciende hacia el desplome. En su reciente producción –aún no publicaba El país más allá de la niebla–, sin abandonar aquel tono, concibe una poesía que se distingue por su aceptación de lo cotidiano” (Poesía en movimiento, Siglo XXI Edit., Méx., 1966: 223). Michelena, pese a todo, estaba destinada a mayores empresas, a cantar con un tono mesiánico, un poco a la manera del poeta michoacano Ramón Martínez Ocaranza. Tenía la estatura para hacerlo: “el literato de calidad superior –indicaba Ralph Waldo Emerson– es siempre un profeta, siempre ejerce la función precisa de los profetas hebreos históricos, y no es por ello menos hombre de letra, sino mucho más “.

Seguramente el período histórico durante el cual escribió su obra, los aspectos retóricos en la concepción estética imperante –el imperio orgiástico de la forma, según Gorostiza; el tono crepuscular, etc. – impidieron que Michelena brillara con la intensidad que un lector de finales del siglo XX exige, acaso en una actitud desmesurada. Recordemos que esos tiempos no fueron propicios para exaltar la  presencia de las creadoras, de las artistas y escritoras, como ocurre en el presente, donde los nombres femeninos surgen con regularidad, al igual que su visión del mundo. La preocupación existencial, su sinceridad para cantar, prevalece en la obra de esta poetisa hidalguense. De espaldas a su origen divino, sagrado; expulsada de la gran fuente universal, su poesía evoca esta raigambre superior. Hay, en su lírica, una eternidad irrevocable, cierta sombra erosionada, una luminosa presencia taciturna, nostálgica; un espíritu indomable, inquebrantable, frente al ignominioso embate del mundo con su horario carnicero, como externa de manera contundente en Piedra de sol (Cf. UNAM, Material de Lectura No. 7, Méx., 1986) el poeta Octavio Paz.

 


 

 

 



7 Pachuca, Hidalgo, 21 de julio de 1917-México, D.F., 27 de febrero de 1998

lunes, febrero 11, 2013


TALLERES DEL WONGNASTERIO


Coordinador: Óscar Wong

Es mortal mofarse de un poeta, amar a un poeta, ser un poeta.


Tríada irlandesa del siglo XIII


 

 

TALLER PERMANENTE DE CREACIÓN LITERARIA

 

*Cuento, reseña bibliográfica, poesía

*Teoría y práctica fundamentales

*En dos horarios

 

Un método infalible para adentrarse a la poesía, al cuento, al ensayo y a la reseña bibliográfica es el Taller Permanente de Creación Literaria, que imparte el poeta sinomexicano Óscar Wong, en la Biblioteca de la Casa Museo del Risco (Plaza de San Jacinto No. 5 y 15, en San Ángel), todos los miércoles de 11 a 13 Hrs. o bien los sábados, de 12:30 a 14:30, a partir del 20 y 23 de febrero, respectivamente. Hrs. Historia y discurso, metáfora y descripción dinámica, así como otros recursos estilísticos se abordarán en cada sesión. Diversas lecturas de autores en lengua española darán la pauta para conocer más de cerca los diversos recursos estilísticos. El trabajo directo con los textos presentados por los participantes permitirá avanzar en el desarrollo futuro de los asistentes. La dinámica utilizada repercutirá en la creación de obras particulares. Informes e inscripciones: merddin48@hotmail.com , merddin48@yahoo.com.mx

Óscar Wong (agosto 26 de 1948) es poeta, narrador y ensayista. Becario del INBA-FONAPAS en crítica literaria (1978-1979) y del Centro Mexicano de Escritores en ensayo (1985-1986). Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde 1988 con el libro Enardecida luz (UNAM, El Ala del Tigre, Méx., 1992) y Premio Rosario Castellanos en Cuento 1989 con el volumen La edad de las mariposas (Talleres Gráficos de la Nación, Méx., 1990). Premio Nacional de Poesía de Ciudad del Carmen, Campeche 20002 con el libro Razones de la voz (CNCA, Práctica Mortal, Méx., 2002) y Premio Nacional de Ensayo Magdalena Mondragón (Torreón, Coahuila, 2008), entre otros. Es autor de Hacia lo eterno mínimo. Otra lectura de "Muerte sin fin" (Sría. de Cultura de Puebla, 1995), A pesar de los escombros (FNCA/Nautilium, Méx., 1995), Espejo a la deriva (Edit. Praxis, Méx., 1996), La pugna sagrada. Comunicación y poesía (Edic. Coyoacán, Méx., 1997, 1ª. reimp., 2004), Chiapas. Nueva fiesta de pájaros (Edit. Praxis, Méx., 1998), Chiapas. Dimensión social de la narrativa (Edaméx., Méx., 1999), l secreto del verso (Linajes Edit., Edoméx., 2001), Fulgor de la desdicha (Instituto Mexiquense de Cultura, Toluca, Edoméx., 2001, 1ª. reimp. 2011), Razones de la voz (CNCA, Práctica Mortal, Méx., 2002) y En el corazón de la memoria (UAEM, Méx., 2012), así como de los ensayos Poética de lo sagrado. El lenguaje de Adán (Coyoacán, Méx., 2006) y Jaime Sabines. Entre lo tierno y lo trágico (Praxis, Méx., 2007). Ha colaborado en diversos medios de comunicación social. Radica en la ciudad de México.

 


 

domingo, diciembre 23, 2012


FOBIAS Y TEMORES: HACIA EL NUEVO FIN DEL MUNDO

 

Por Óscar Wong

 

Miedos, fobias, terrores ante lo desconocido. Arquetipos que vuelven de manera recurrente ante un cambio de ciclo. La humanidad, la misma y distinta, enfrentada a su destino. El miedo al fin del mundo es periódico, reiterado. Ayer, por ejemplo, 21 de diciembre, inicio del solsticio de invierno, según algunos iluminados, debió concluir el ciclo del planeta Tierra. Pese al adelanto tecnológico de nuestra época, a los descubrimientos científicos, el paralelismo entre el año 1000 y el siglo XXI persiste: miedo a la miseria, a los seres que se diferencian del común de los individuos, temor a las epidemias, a la violencia. La sociedad sin comprender aún el por qué de su presencia en la Tierra. Seres endebles, temerosos y hostiles ante lo que no se entiende. Temores contemporáneos como surgidos del medioevo. Hombres de la pos modernidad ante una visión medievalista.

            Georges Duby, a través de la entrevista, responde a una serie de preocupaciones en el volumen denominado Año 1000, año 2000. La huella de nuestros miedos (Edit. Andrés Bello, Santiago, Chile, 1995, 141 pp.). El libro, significativo por su lenguaje accesible, surge luego de una serie de conversaciones con los reporteros Michael Faure, de L Express, y Francois Clauss, de Europa I, respectivamente. Ahí radica, precisamente, lo valioso del texto, porque el autor reflexiona a partir de la serie de interrogantes y cuestionamientos que los periodistas le plantean. Conocimiento y expresión se concilian para darnos una visión del mundo muy clara. El bagaje cultural no es impedimento para que disfrutemos de lo que aquí se aborda.

La interrogante que precisan los editores es exacta: "¿Para qué escribir Historia si no ayudamos con ella a nuestros contemporáneos a confiar en el porvenir y a encarar mejor armados las dificultades cotidianas? Explorar las mentalidades de antaño os permite afrontar con mayor lucidez los peligros de hoy". Porque es evidente que diferencias y semejanzas entre las concepciones del mundo de las sociedades contemporáneas y las de la época medieval no sólo contrastan, sino que además repercuten directamente en los comportamientos presentes. Quizá el marco religioso haya cambiado, tal vez la manera de observar la realidad cambien, pero la realidad persiste: la supervivencia del ser humano es la misma, las necesidades de conseguir el alimento, la salud y la vivienda continúan. Siglos de buscar la comodidad de la civilización no han servido para destrabar al individuo de los miedos y fobias que aún subyacen en lo más profundo de nosotros mismos. Por algo el anómalo matrimonio del Cielo y la Tierra ha producido a un ente extraño, con sus raíces en la tierra y su mente en los altos parajes. El hombre es, continúa siendo, un contrasentido, un ente contradictorio. Endeble y sumiso, poderoso y rebelde.

No ha bastado salir de un marco religioso, donde la Iglesia ofrecía los parámetros para que el ser social se desenvolviera. La libertad, aparentemente conseguida por los actuales seres humanos, se contrapone a la terrible soledad que embarga a la humanidad occidental. Los paralelismos se advierten en los grandes apartados en que se divide el libro que me ocupa: El miedo a la miseria, El miedo al otro, El miedo a las epidemias, El miedo a la violencia y El miedo al más allá. La introducción es determinante, puesto que busca reflexionar brevemente sobre los "Miedos medievales, miedos de hoy, ¿un paralelismo legítimo?". En efecto: de acuerdo con la vieja concepción de que la historia es la gran maestra de la vida, podemos concluir que los seres humanos somos pésimos estudiantes. El conocimiento, la experiencia de las sociedades, nada nos han ofrecido. Continuamos tropezando con las terribles piedras de la mente humana, de lo que algunos denominan superestructura, inamovible porque guarda los miedos y temores.

La peste embargada de terror a los hombres medievales. El Sida y otras enfermedades nos paralizan. Un leproso era un hombre marcado por el dedo divino. Un seropositivo es, ahora, producto de la perversión sexual. Tabúes, esquemas mentales inamovibles, al concluir el siglo XX y que se extiende a las primeras décadas del siglo XXI, agregaría. El miedo a no tener un pan qué llevarse a la boca persiste. Aunque la gran diferencia es la solidaridad, según Duby, del señor feudal, quien compartía sus graneros con sus hombres, frente a la indiferencia de los grandes hombres de negocio de la actualidad. Muchos empresarios y productores prefieren derramar litros de leche por un problema de precios a obsequiarlos a las comunidades marginadas.

El temor al otro no solamente responde a las diferencias de pensamiento y de modos de ser. Herejes y judíos frente a los cristianos, quienes abusaron de su condición de fieles seguidores de una fe, precisamente en nombre de un Dios celoso y de una Iglesia represora. El hombre del siglo XXI mantiene su actitud vejatoria, y muchas veces persecutoria, de quienes se muestran diferentes o diversos. Homosexuales vejados, negros y amarillos, aspectos sociales y hasta intelectuales, partidistas, confluyen para ejercer un grado sumo de intolerancia discriminatoria. Georges Duby, con lenguaje sencillo, da pelos y señales. Aborda nombres, esquemas sociales, da pormenores de una mentalidad medieval que persiste hasta nuestros días. Las actitudes son las mismas, porque no sabemos seres transitorios, concatenados al tiempo y al espacio, a la enfermedad, a la vejez y a la muerte. Eso, muchas veces, dispara los miedos y fobias.

La humanidad, pese a lo que se pretende, no tiene memoria colectiva. Hay algo, siempre, extraviado. Por eso la insistencia en buscar una referencia, un dato para archivar. Para que nos ofrezca una raíz, aunque esta raigambre sea endeble. Datos, cifras, estadísticas. Pero el hombre no avanza. Siente, en el fondo de sí mismo, que hay algo inamovible: el sentido de transitoriedad. Una actitud paradójica: cúmulo documental frente a lo etéreo de su raíz. Georges Duby lo precisa: "Nuestra sociedad está inquieta. Lo prueba el hecho mismo de que se vuelva decididamente hacia su memoria. Nunca hemos conmemorado tantas cosas. Todas las semanas se festeja aquí y allá el aniversario de algo. Este apego al recuerdo de los acontecimientos o de los grandes hombres de nuestra historia también ocurre para recuperar la confianza. Hay una inquietud, una angustia, crispada al fondo de nosotros".

La violencia citadina de nuestras urbes, las violaciones a mujeres y niños, son recurrentes. Las hordas de jovenzuelos en el medioevo, buscando ocupar en algo su tiempo nos remiten a las bandas juveniles. Las sectas religiosas y satánicas frente al terror al más allá. ¿Y dónde queda, entonces, la aplicación de la enseñanza científica en nuestras escuelas? Dios no es el centro del Universo ni la Iglesia su servidora y ejecutora. Y el esquema religioso de nuestra concepción del mundo permite ciertas libertades, pero en el fondo hay un pensamiento oscuro, terrible, de miedo pánico: el futuro del alma.

"De tiempo en tiempo, una catástrofe natural nos recuerda que el hombre, a pesar de todo el poder que ha conseguido con el desarrollo de las ciencias y las técnicas, sigue siendo impotente ante las fuerzas de la naturaleza" (p.138). Tal vez no importe tanto la amenaza de excomunión, pero continúa la injerencia de las iglesias cristianas ante el aborto y las preferencias sexuales. Incluso sobre la manera de concebir nuestro derecho a elegir a los gobernantes. Lo interesante, e inquietante, de Año 1000, año 2000, es que ofrece el origen de muchas de nuestros problemas, como el de la violencia, originada en los siglos XI y XII, cuya deporte era la guerra, incluso los simulacros a través e los torneos: Pero también nos permite advertir algunas imprecisiones, ideas equivocadas que se tiene, sobre todo al enfrentar el final de siglo mil. Algunas historias literarias nos remiten al terror ante el nuevo siglo.

Duby precisa: "Los terrores del año mil son una leyenda romántica. Los historiadores del siglo XIX imaginaron que la inminencia del milenio suscitó una especie de pánico colectivo, que la gente moría de miedo, que regalaba todas sus pertenencias. Es falso. Contamos, de hecho, con un solo testimonio. Escribe un monje de la abadía de Saint-Benoit-sur Loire: "Me han dicho que ene el año 994 había sacerdotes en París que anunciaban el fin del mundo". Este monje escribe cuatro o cinco años después, justo antes del año mil. <<Son unos locos>>, agrega. <<Basta abrir el texto sagrado, la Biblia, para ver, Jesús lo dijo, que nunca sabremos ni el día ni la hora. Predecir el futuro, afirmar que ese acontecimiento aterrador que todo el mundo espera se va a producir en tal o cual momento, es atentar contra la fe" (p.20). Magos y videntes, aún en nuestros días, pretenden abordar el futuro de la humanidad. Sectas fundamentalistas pretenden armar, o rearmar, un esquema ideológico religioso. El futuro aterroriza. Los riesgos ante una humanidad desprotegida en virtud del rompimiento de la capa de ozono; el pánico de que la hambruna posea al hombre contemporáneo, de que la contaminación rebase todo límite posible y las cucarachas se apoderen de la Tierra, como último reducto de la vida.

La peste medieval por la carencia de higiene, las falsas concepciones del mundo, los escasos conocimientos médicos quedan en el recuerdo aparente. El riesgo de una pandemia por el Sida, el temor a quienes tienen otras preferencias sexuales, los riesgos de una confrontación bélica siguen retirando el sueño a muchas personas en la actualidad. Por eso se recurre a los horóscopos.  El mundo progresa a niveles tecnológicos. La Luna no es una idea poética, sino un mundo explorado por el ser humano. "Un pequeño salta para el hombre, pero un paso gigantesco para la humanidad", según la conocida frase del primer hombre en nuestro satélite. La violencia medieval ante la violencia entre judíos y palestinos.

Nada nuevo existe bajo el sol, nos enseña el libro que comento. Tal vez modalidades, comportamientos, actitudes. Pero el pensamiento oscuro es el mismo. El miedo al fin del mundo perdura hasta hoy. El temor ante la violencia, frente a los seres diferentes persiste. ¿Dónde la enseñanza de la Historia?, ¿qué visión nos ofrece el transcurrir de los siglos? Los ritos son esquemas repetidos, reiterados. Comportamientos que una y otra vez concurren y recurren. Pensamientos medievalistas en las sociedades orgullosamente pos modernistas. Pero biológicamente el hombre es el mismo. Quizá haya modificado su manera de vestir, tal vez haya mejorado en algunos aspectos su modo de vida; las comodidades fluyan. Pero el miedo acecha. El temor a la oscuridad, pese a la racionalidad, aflora en el momento menos pensado.

Año 1000, año 2000 es la recurrente exploración del hombre frente a sí mismo. Un espejo repetido, reiterado. Haz y envés de lo mismo. Velados, o develados, el individuo es un reflejo más. Seres atados a la caverna platónica. La realidad compartida, difuminada ante la solitaria visión del mundo. El espíritu de la época retrocediendo, y coincidiendo, en las mentes del siglo XX. La red de internet nos expande el conocimiento informativo, pero no ofrece la flor luminosa del conocimiento como transformación individual. La democratización de la enseñanza-aprendizaje actual, frente a los frailes copistas, detentadores de la cultura. Pero el miedo acecha y asoma. Milenarismos, new age, fobia ante el judaísmo, desprecio ante las sectas religiosas. He ahí el vínculo del desarrollo del individuo. Origen y Torre de babel. Génesis y dispersión. Tal vez en el siglo 3000 continuemos buscando el espejo oscuro que continuará reflejando la mueca del hombre medieval ante la inminencia del fin. La historia, como gran maestra de la vida nos enseña que el hombre se encuentra extraviado en sus miedos y terrores.