domingo, agosto 11, 2013


A CONTRACORRIENTES

BEGUINAS Y BEGARDOS
 

Por Óscar Wong

 
Cuando el papa-monje Gregorio VII instituye el celibato obligatorio de los sacerdotes, a pesar de la protesta de San Bernardo de Claraval, fundador de la orden del Cister, en la abadía occitana de Fontevrault las monjas leen y comentan el Cantar de Cantares. Durante ese siglo XII tuvieron lugar las cruzadas, nacimiento, apogeo y desaparición de la Orden del Temple, y donde prospera la herejía albigense; surge el culto mariano (Regina Coeli) y el ajedrez se modifica con la figura de la Reina, con libertad de movimientos. A comienzos del siglo XIII surgen las beguinas, una corriente mística-literaria que tiene singular importancia en la cultura occidental: las beguinas, esas mujeres que, a través de la revelación, consiguieron lo que muchos teólogos realizaron a través del estudio y la meditación.

Desde el ámbito social, es el primer movimiento feminista en Europa, puesto que monjas y seglares fueron quienes establecieron las primeras casas de asistencia para mujeres. Perseguidas por la Inquisición, benedictinas y beguinas fueron llevadas a la horca y a la hoguera, pese a ello "Dios manifestó su poder por medio del sexo débil, en aquellas siervas a las que coló con espíritu profético". El nombre cátaro dado a las místicas errantes (la Crónica de Morosini, de 1429, indica que incluso Juana de Arco fue una beguina), señala que “el término beguina proviene de beguin, palabra que designaba un gorro de lana usado por los místicos errantes de la Iglesia del Amor de los herejes cátaros” (Cf. Luis G. de la Cruz, op. cit.:17).

“La figura femenina ocupa el centro de los altares como objeto de culto y devoción; desarrolla una intensa vida espiritual como religiosa ortodoxa o como mística heterodoxa, tanto en los conventos como por libre; se convierte en la Domina del juego de ajedrez y en la clave del misterio que rodea al Santo Grial” (op. cit.: 19) [“... en provenzal la palabra Grasal designa a un vaso de piedra y este significado del término en la lengua de Oc funde los dos sentidos antes mencionados del término Grial –la piedra caída del cielo y el vaso o recipiente–  en un único objeto mágico”] (op. cit., ibid.). Denis de Rougemont, en El amor y Occidente, encuentra temas comunes a los trovadores provenzales del siglo XII: la mística unitiva (fusión del alma y de la divinidad) y la mística epitalámica (matrimonio del alma y de Dios).

El autor observa que el misticismo, en primera instancia, es una desviación del amor humano, puesto que la pasión mortal remite a la sexualidad. “La primera mirada de los amantes, la que cambiará toda su vida, corresponde al primer toque del amor divino, a la conversión del cristiano” (Cf. El amor y Occidente, 1984: 342). Luego explica la Encarnación del Verbo, precisando: “La herejía de los cátaros consistía en idealizar todo el Evangelio y en considerar a todo el amor, bajo todas sus formas, como un impulso exterior al mundo creado. Esa huida hacia lo divino –o <<entusiasmo>>– esa transgresión de los límites de lo humano, finalmente irrealizable, debía traducirse y traicionarse de una manera fatal en una exaltación en términos divinos del amor sexual” (op. cit.: 157).

Según el maestro Johann Eckhart (Turingia, Alemania, ca. 1260-1327), el hombre encuentra a Dios en la parte íntima del alma. En su Doctrina del desasimiento o renunciación (dejarlo todo para poseer todas las cosas: poseer nada equivale a tenerlo todo), demanda la individualidad espiritual de las creaturas y de Dios: “Sólo renunciando al sí mismo se puede acceder al otro, tanto a Dios como al prójimo” (Maestro Eckhart, Tratados y sermones, 1998: 14). Las reflexiones del maestro Eckhart –podemos ser Dios, o Dios con Dios– pusieron en riesgo el pensamiento de las místicas medievales Hildegarda de Bingen (1098-1179), Matilde de Magdeburgo (1207/1210-1282/1294), Beatriz de Nazaret (1200-1268), Hadewijch de Amberes (hacia 1240) y Margarita Porete o Margarita de Hainaut (quemada viva en París en 1310).

Recordemos que en la Edad Media la disputa ideológica-filosófica se presenta entre la razón y la fe, aunque las monjas benedictinas (Hildegarda de Bingen y Beatriz de Nazaret) y las beguinas (Matilde de Magdeburgo, Hadewijch de Amberes y Margarita Porte), frente a teólogos y filósofos escolásticos exponen esa primacía del amor sobre el intelecto, cuya voluntad está íntegramente impregnada de contemplación. La mística del amor o Minnemystik, es diferente a la mística del ser o mística especulativa (Wesenmystik), que parte de la tradición agustiniana.

En la obra Mujeres trovadoras de Dios. Una tradición silenciada de la Europa medieval, Georgette Epiney-Burgard y Emilie Zum Brunn reflexionan sobre dos temas fundamentales: 1.- “la historia perdida de la cristiandad femenina” y 2.- la operación alquímica por medio de la cual las beguinas transmutan el amor cortés en una esencia más valiosa: la del Amor eterno. Abadesas y beguinas supieron conservar la herencia mística –la supremacía del amor– olvidada o desnaturalizada por teólogos y escolásticos.

La pugna no es entre la razón y fe, que se vuelven una, sino entre razón y amor. Es interesante la visión que presenta Peter Dronke pues las fuentes que utiliza –escritos y testimonios– van desde c. 200 hasta c. 1300 d C. Textos anónimos en latín (siglo III), provenzal (siglos XII-XIII), catalán (siglo XIII) e incluso poemas en francés antiguo, enriquecen el volumen, que va “desde Perpetua, mártir e el circo de Cartago en el año 201, hasta Margarita Porete, ejecutada en París en 1310” y se ocupa de algunos procesos inquisitoriales contra los cátaros [siglo XII] (Cf. Las escritoras de la Edad Media, 1994)

Para las beguinas “como para todo contemplativo auténtico, lo importante es, ante todo, ser pasivo y no activo respecto a Dios. Es esta pasividad la que simplifica el alma, liberándola de sus deseos múltiples –por santos y espirituales que puedan ser– y uniéndolas a Dios, en el no querer que es el querer de él solo. Ésta nos parece la característica más profunda –a veces desconocida– de la mística occidental, tal como fue transmitida, de eslabón a eslabón, a partir de los Padres griegos hasta Teresa de Ávila y Juan de la Cruz. Éste último, que cantó el encuentro del alma con Dios en la noche de Amor, nos pone en guardia contra la ilusión de las <<buenas>> acciones, en tanto el alma no es verdaderamente receptiva a Dios y se ha transformado en él (Cf. Mujeres trovadoras de Dios. Una tradición silenciada de la Europa medieval, 1988: 216).

            Frente a la Mística del Ser, o mística especulativa (Wesenmystik), que a través de la razón procura determinar los predicados de Dios, la Mística del Amor (Minnemystik), exalta el simbolismo del amor cortés que se fusiona con la expresión metafísica del amor a Dios (En esencia, Aristóteles y el primer motor inmóvil –teoría de la substancia– subyacen en estos argumentos ontológicos. La escolástica y la metafísica están presentes). Hay un lirismo erótico en las relaciones del alma con el >Verbo Divino. La revolución espiritual de la época se explica por la conciencia de la soledad del alma con Dios y de su libertad intangible. Por eso las beguinas –auténticas poetas o trobairitz– crean una lengua para traducir sus expresiones apasionadas. El amor se convierte en conocimiento y el alma llega a <<ser Dios en Dios>>, pese a la amenaza de la hoguera.

 


 

 

LAS ÍES BAJO LOS PUNTOS

DESTELLO DE ESCAMAS

 Por Óscar Wong

 

De pequeño guardaba los poemas que venían en las hojas desprendibles de los calendarios que mi padre obsequiaba cada fin de año; tal vez ahí desarrollé el gusto por la poesía o me nació el impulso por integrar antologías. O seguramente advertí que me agradaba la belleza al contemplar los ojos dulces de la niña rubia, que terminó siendo mi musa, La Musa. A veces hay que reinventar el pasado, o vislumbrarlo con los ojos que ya no existen. Contemplar el pasado es, a veces, volver al vacío, o reordenarlo y completarlo de otra manera. Y las fechas son demasiado inasibles, son gotas que se van desecando y a veces se congelan y terminan en la indiferencia. Aunque Cortázar decía que “el tiempo es un bichito que anda y anda”. Y a veces es aplastado por la impetuosidad de la vida, agregaría.

Lo que realmente es válido es la emoción, ese escalofrío que recorre la columna cuando ya tienes el libro concretado y los ojos del lector –tú mismo– descorren el velo interior. La poesía es un eterno espejismo de emociones y locuras, que van eternizándose en la combinación de sílabas breves y largas. Es la imagen que revela el concepto, a través del silencio estremecedor, revelador.

Me sigue impactando el silencio que repercute en las palabras, esa sonoridad que termina por llenar vacíos existenciales, espirituales. El terror y la belleza conciliándose en ese territorio luminoso, en ese espacio donde el Silencio termina por demolerte, eternizándose, eternizándote. Rosa Montero dice: “Las palabras son como peces abisales que sólo te enseñan un destello de escamas entre las aguas negras”. Eso también es el amor. O el dolor por la tierra. La vida implica sufrimiento, padecer la hostilidad del mundo. O contemplar y sentir el ansia, el deseo de estar vivo. El poeta vive intensamente. Puede ofrecerte el Cielo. O el Infierno. Creo que por eso se acuñó aquella tríada irlandesa del siglo XIII: “Es mortal mofarse de un poeta, amar a un poeta, ser un poeta”.

 


 

LA MUJER EN LA POESIA MEXICANA

 Por Óscar Wong

  
Hasta la fecha aún no existe el concepto de poesía femenina. Héctor Valdés, por ejemplo, en su libro Poetisas mexicanas. Siglo XX (UNAM, Méx., 1976) que pretende ser la culminación del estudio de José Ma. Vigil (Poetisas mexicanas. Siglos XVI, XVII, XVIII y XIX, Méx., 1893) no indica ningún concepto esclarecedor al respecto: simplemente se concreta a enumerar la producción de las mujeres mexicanas. Destaca que en el siglo XIX no haya ninguna poetisa representativa, aunque al finalizar el siglo nace María Enriqueta Jaramillo de Pereira, la cual destacará en los primeros lustros del nuestro, a la par de otras menos conocidas.

            Enrique Jaramillo Levi, en su libro 125 mujeres en la poesía mexicana del siglo XX (Promexa Edit., Méx., 981. El estudio es capital por cuanto rescata y valora la obra de un buen número de mujeres hasta ahora desconocidas en el ámbito literario), tampoco da una respuesta específica. De hecho no considera el concepto de “poesía femenina”, aun cuando señale algunos rasgos pertinentes en la expresión de las mujeres, tales como el lenguaje intimista, el amor (para celebrarlo o lamentarlo), lo místico-religiosos y, desde luego, la problemática social. Jaramillo Levi maneja algunas actitudes características en este tipo de producción poética, pero no llega a puntualizar una idea exacta, justa, sobre el término que ahora nos importa. El crítico señala que, “aunque empieza a manifestarse una efervescencia <<feminista>> entre ciertos núcleos femeninos de la población en México y en algunos otros países latinoamericanos, todavía no se da una <<poesía feminista>> estéticamente realizada que acompañe y exprese estas inquietudes” (Op. cit).

            En efecto, el campo conceptual continúa virgen, aún cuando el interés por el tema llegue a otros ámbitos. Por ello, Isabel Fraire manifiesta lo siguiente: “La <<sensibilidad femenina>>, existe sólo cuando la mujer trata de adaptarse a un cartabón social (el amor, la ternura, la abnegación, la dulzura, es esperada hipersensibilidad). Cuando una mujer asume su temática, lo que significa ser mujer, como es el caso de Sylvia Plath, entonces hay una diferencia con la temática del hombre, claro. Pero en estos casos la sensibilidad es todo lo contrario de lo que se supone femenino: es violenta, amarga, rencorosa, cerebral, dura. Así es la obra de Sylvia Plath. No es que exista una <<sensibilidad femenina>>, no, sino que ésta ha sido el producto histórico de la limitación y programación pedagógica de la mujer” (Cf. Enrique Jaramillo Levi, “Isabel Fraire: un gesto que converge en la poesía. Entrevista con Isabel Fraire”, Casa del tiempo, No. 9, Méx., mayo de 1981).

            Fraire en su conversación con Jaramillo Levi, es clara, contundente: la humanidad es reflejada en la mujer –incluso a través de la amarga contradicción–: las pasiones y sentimientos son, de hecho, asexuales; cuando son expresadas por el hombre, la perspectiva es masculina y cuando es por la mujer, la óptica es femenina. La circunstancia no es de Perogrullo; la situación no es, necesariamente, evidente: ¿por qué tal o cuál género? ¿por qué masculino o femenino? En el arte, como en cualesquiera situaciones, se debe hablar de Humanidad. Esto es aclarado por Fraire: “En la medida en que la mujer es honesta, se brinca la barrera de lo que se supone es su sensibilidad, y entonces te da cosas como la lucidez, la violencia, la franqueza. Se trata más bien de una manera más informada y consciente de abordar la temática de la mujer, y no de una sensibilidad especial. Las novelas de la señora Elizabeth Gaskell, inglesa, son importantísimos ejemplos de lucidez, igual que las de Virginia Wolf y la obra de Sor Juana. Otro ejemplo sería el de Emití Brontë con Cumbres borrascosas. Lo que ocurre es que hay seres sensibles que son mujeres” (Op. cit., ib.).

            Insisto: estéticamente realizada con un leit motiv determinado, con tal o cual característica esencial, a la fecha no existe el concepto de literatura –o poesía– femenina… a pesar de las ponencias que las mujeres presentaron durante el IV Congreso Interamericano de Escritoras, realizado en el Palacio de Minería de la ciudad de México, en el primer semestre de 1981. Sin embargo, el concepto podría derivarse al observar de cerca la expresividad lírica de diversas mujeres mexicanas contemporáneas y conocer esa particular sensibilidad, cómo enfrentan el fenómeno poético. Para ello me valgo de tres autoras mexicanas: Elena Milán, Kira Galván y Maricruz Patiño; me apoyo, además, en la obra de Coral Bracho (Premio Nacional de Poesía 1981, con su libro El ser que va a morir) y termino con Mara y Vera Larrosa enfrentadas a Hilda Bautista. Las siete autoras representan, al margen de otras circunstancias ajenas a la literatura, las tendencias poéticas más relevantes de la actualidad (en técnica y contenido).

            En el caso de Elena Milán, el velo de la indiferencia cubre una obra dispersa en suplementos y revistas culturales de importancia: el “descuido” de los críticos y observadores se hace presente, una vez más, ahora que esta poeta ha publicado su primer poemario; me refiero a su Circuito amores y anexas (Edit. Latitudes, Colec. “El pozo y el péndulo”, Méx., 1979); en este libro, intenso, a diferencia de María Luisa “China” Mendoza –quien destaca las condiciones de las mujeres mexicanas de principios de este siglo con un aire nostálgico (V. Las cosas, Edit. Mortiz, Serie “Contrapuntos”, Méx., 1976) –, Milán enumera críticamente la situación prevaleciente en la mujer madura, trasladada hasta la época actual. La autora, de hecho, se revela ante esta situación absurda:

                        Sus buenos sentimientos les mandaron vigilarnos como a camelias

en caja de cristal:

nos mantuvieron lejos de lo ofensivo, lo vil, lo deleznable, en un

mundo mentiroso de príncipes con título universitario u olor a latifundio.

            En Circuito amores observamos muy de cerca la descripción del contexto sociopolítico actual, la cosificación del hombre –y la mujer, of course–, la tecnocracia desfilando en cada imagen, en la ironía: de hecho enjuicia a la época, donde el individuo es metamorfoseado en número, en objeto; persisten las escenas cotidianas del amor, terca-rabiosa-ilusamente ido, recobrado. El hombre –de acuerdo con la perspectiva de esta poeta– resulta un simple macho, un semental que aspira a regocijarse con la hembra. La ironía salta, desde luego, en latigazos poéticos: ¿te gusta mi cadera?/ ¿tratas de adivinar si tengo rabo?/ ¿quieres acariciarme el pelo?/ ¿encontrar el brote de algunos cuernos? Elena Milán está atenta a los procesos sociales. La visión del mundo es materialista y acaso por lo mismo se plantea cierta libertad en sus contenidos y proposiciones poéticas: ellas es una mujer “liberada” de los atavismos; una mujer contemporánea, sin complejos, inmersa en un contexto sociopolítico tal, que incluso las armas bacteriológicas del imperialismo norteamericano se presentan, en esta temática, como una virtual contingencia. El libro de Milán es la manifestación tenaz de una mujer madura, aún joven de edad, que lucha contra la cultura varonil tradicional; deseos, inhibiciones destruidas, son las actitudes que la autora maneja a veces a través de su discurso metonímico; en consecuencia, la prosa y el verso se acercan hasta crear un entorno lírico único, válido en primera instancia, aun cuando formalmente pretende manejar el verso en distintos metros, a manera de prosa cortada. Iracundia y sarcasmo puntualizados por ese toque femenino como característica esencial. En resumen, eso es Circuito amores y anexas: el sarcasmo llevado a otras condiciones vitales; la contingencia amorosa enfrentada a la perspectiva contemporánea, visualizada por una voz de mujer, sensual y positiva, ilusionada y contradictoria. Real, ara calificarla con una única palabra.
 
Del sexismo ideológico

 
 Kira Galván (México, D. F., 1956) está más politizada que Milán; para esta joven poeta –quien por cierto obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven de México “Francisco González León” en 1980–, la poesía es objeto y sujeto de la historia y por tanto tiene la función de reflejar, críticamente, la realidad social imperante. En este sentido, la temática de Galván –el amor. El sexo, los acontecimientos cotidianos, la relación económica– persiste para entregar las contradicciones que la dinámica del mundo impone. Su poema “Contradicciones ideológicas al lavar un plato” (Cf. Carlos Monsiváis, Poesía mexicana. 1915-1919, t. II, Promociones Editoriales Mexicanas, Méx., 1979. El mismo poema fue incluido en Asamblea de poetas jóvenes de México, de Gabriel Zaíd [Siglo XXI Edit., Méx, 1980]) es, más que nada, una crónica de los cómos y los porqués; en este simple hecho circunstancial –asear la vajilla– se encuentra, connotativamente hablando, el enfrentamiento de clase entre el hombre y la mujer.

            En el poema de Kira, la historia se encuentra presente como una virtual afirmación hegeliana, como una adecuada herramienta metodológica. Un guiño a Engels y Marx se traduce en los versos que se citan:

                        Contradicciones ideológicas al lavar un plato, ¿no?

                        y también explicar

                        por qué me maquillo y por qué uso perfume.

                        Por qué quiero cantar las bellezas del cuerpo masculino.

                        Quiero aclararme bien ese racimo que existe

                        entre los hombres y las mujeres.

                        Aclararme por qué cuando lavo un plato

                        o coso un botón

                        él no ha de estar haciendo lo mismo.

                        Me pinto el ojo

                        no por automatismo imbécil

                        sino porque es el único instante en el día

                        en que regreso a tiempos ajenos y

                        mi mano se vuelve egipcia y

                        el rasgo del ojo se me queda en la Historia.

                        La sombra del párpado me embalsama eternamente

                        como mujer.

            Por supuesto que este ceremonial “insignificante” al aplicarse el maquillaje, independientemente de su rigen primitivo, asume otra significación menos evidente: connota la manipulación de que son objeto las mujeres en este último tercio del siglo XX. La conciencia de Galván, siempre atenta a las relaciones sociológicas y económicas, puntualiza sobre la dialéctica, ironiza sobre la no superación de las contradicciones. Poéticamente hablando, el maquillaje esconde diversas acepciones:

                        Es el rito ancestral del payaso

                        mejilla roja y boca de color.

                        Me pinto porque así me dignifico como bufón.

                        Estoy repitiendo/ continuando un acto primitivo.

                        Es como pintar búfalos en la roca

                        y ya no hay cuevas ni búfalos,

                        pero tengo un cuerpo para texturizarlo a mi gusto.

                        Uso perfume no porque lo anuncie

                        Catherine Deneuve o lo use la Bardot

                        sino porque padezco la enfermedad

                        del siglo XX, la compulsión por la posesión:

                        creer que en una botella puede reposar

                        toda la magia del cosmos,

                        que me voy a quitar de encima

                        el olor de la herencia,

                        la gravedad de la crisis capitalista…

            Las reflexiones de Galván son esenciales en su poesía; su voz –profundamente subjetiva, históricamente objetiva– se desenvuelve en un lenguaje directo, vital, identificado con las circunstancias de nuestro México. Las dos actitudes señaladas por Miguel Donoso Pareja –actitud rebelde y posición revolucionaria–, se encuentran presentes en Galván. En el primer caso, ciertamente, “se trata de no obedecer, de resistir, de salirse de un orden al que se considera –y la mayor parte de las veces lo es– injusto. En el segundo –la actitud revolucionaria–, el asunto está por tirar abajo el orden, en cambiarlo” (Prólogo de Poesía rebelde de América, Edit. Extemporáneos, Méx., 1971: 9-10. [El subrayado es mío: OW]). La soledad, empero, también embarga a la autora; se sabe en el mundo, en la fugacidad vital, y por lo mismo se preocupa por realizar una existencia plena… a pesar del sexismo que impera en la sociedad contemporánea. Incluso ha deseado comportarse como todas las mujeres, las otras, las inconscientes con sábanas limpias y cama matrimonial, TV a las diez de la noche y reunión familiar –invariablemente– los domingos. La autora pensó que “podía llegar a ser estúpidamente feliz” en un mundo creado por los hombres. Galván es una poeta que canta al sentimiento humano, a la plenitud de las contradicciones, donde el amor –finalmente– es parte esencial de la vida y que puede transformar al sujeto y –¿por qué no? – al mundo:

Soy un incendio./ Mi pelo, es el pelo de todos/ porque lanza llamaradas/ hacia lo desconocido./ Así es que, si él viene a buscarme,/ díganle que me transformé/ en una gran hoguera.

Kira Galván, a mi juicio, es quizá la voz más completa en la poesía femenina de México, en vías de ofrecernos una obra inobjetable: sus recursos son variados, numerosos, y su actitud muy necesaria.
 
La nostalgia del presente

 
 En otro orden de ideas, Maricruz Patiño (México, DF. F., 1959) destaca al lado de las poetas estudiadas anteriormente. Su libro La circunstancia pesa (UNAM, Colec. Cuadernos de poesía, Méx., 1979, 95 pp.) lo confirma. Pero si en Milán la voz es ironía, volcada en eterna protesta; si en Kira Galván la poesía hurga en la Historia, en la lucha de clases y busca la superación de las contradicciones, en Maricruz Patiño la realidad pesa –también– sólo que de manera sutil. Y es que, de hecho, en Patiño los acontecimientos circunstanciales sirven para realizar una crónica de la existencia. Testigo de su tiempo, Patiño asiste a los cambios físicos espirituales de manera pasiva, preocupada más por las descripciones que por las acciones mismas.

            Si Galván reflexiona crítica y objetivamente, la autora de La circunstancia pesa se ocupa de anotar los acontecimientos cotidianos con pasividad; por ende, su voz es tranquila, con un tono clásico, paisajista, aunque de ninguna manera elude su condición vital ante lo fugaz de la existencia:

                        Lo recuerdo todo.

                        La vida es otra  y la misma.

                        Regresa nuevamente

                        para envolverme en la demencia

                        de tener que nombrarla.

            Más próxima a Rosario Castellanos, la autora puntualiza como aquélla en la decantación de las relaciones, en la cultura como instrumento de observación. El pretérito, la posibilidad de la carga connotadamente antigua, vieja, asoma por entero. El amor, la nostalgia, son expresiones que naufragan en el presente: el tono de tragedia de la Castellanos surge con elegancia mesurada:

                        La corriente de la vida me arrastra

                        Y en tus ramas se quedan mis despojos

                        Y en el último lago desembocan los tuyos.

                        En el fluir del río me voy desmemoriando

                        Y sólo el acabarnos persiste.

                        Te miro, sales de la tumba:

                        Reviso los vestigios, los perfumes nocturnos,

                        Reconstruyo el principio

                        Y todo ha sido lo mismo: decantarse.

            Por supuesto que, en ocasiones, se rebela en contra del papel de la mujer: cuando lo hace desde la ironía, como sin desearlo… pero apuntando hacia el blanco, a la herida dolorosa que es la sociedad:

                        Tú que un día dijiste de mí la mejor de las diosas

                        Tú que dijiste que harías una gran artista

                        Tú que estabas conmigo y ya lo ves

                        Hasta he llegado a sentirme un Roque Dalton

                        Asesinado por el mismo puño que se amaba

                        Y ya lo vez me has despojado otra vez

                        De toda la poesía y arrojado de nuevo

                        Arguyendo no sé qué

                        Sobre la perspectiva histórica y sus heces.

            En las cuatro partes de que consta el preario, la autora recurre a su particular circunstancia para describir el mundo. La añoranza, es, acaso, el fardo que hace el que su poesía no se entregue a la libertad que persigue: añoranza por el tono confesional, inhibición al rompimiento del ritmo. En La circunstancia pesa, Maricruz Patiño forcejea con ella misma, con sus propios contenidos, lo cual se traduce en un poemario bien escrito; pero sin el desfogue que su espíritu necesita, sin la libertad expresiva que sería más acorde con lo que –se deduce– es su yo herido.

 Alegoría de la contemplación

 
Por su parte Coral Bracho (México, D. F., 1951) se esconde en un barroquismo lírico, donde la imagen está al servicio de la ambigüedad aparente. Bracho tiene un compromiso ineludible: superar ese intenso poema suyo, Peces de piel fugaz, publicado por el sello La Máquina de Escribir (Méx., 1977. La edición es de las llamadas marginales, por ello sería conveniente una edición de mayor alcance). Aquí su poesía alcanza el tono universal, genérico que califica a los grandes poemas, esos que subsumen una realidad y la transforman. Peces de piel fugaz es un inmenso poema que revela la magnitud –mejor dicho, la posibilidad de esta dimensión, si consideramos que Bracho es joven y puede, debe, continuar creciendo–, la categoría de poeta, su trascendencia.

            El poema es un largo deslumbramiento, una fiesta de los sentidos. Atmósferas, sensaciones; imaginario movimiento de la cámara cinematográfica irrumpiendo en un paraje virgen. Bracho recurre al agua como punto de partida para destacar el movimiento escenográfico: como Gorostiza, quien en Muerte sin fin descubre las causalidades de la forma, cambiante y unívoca, del agua –de la realidad, en su sentido más extenso–, la autora utiliza el líquido vital para cantar con júbilo el asombro: la misma alegría de Francisco de Asís, la vastedad del descubrimiento del hombre mítico escapado de la caverna platónica. La alegoría es clara, sólo que aquí, en Peces de piel fugaz, el conocimiento deslumbra, pero no enceguece; marea, pero no entorpece. Ascenso y contemplación que vitaliza el espíritu:

                        Todo se esparce en amarillos. Los monos saltan.

Antes, cuando miraba el tiempo como se palpa suavemente una seda, como se engullen peces pequeños. El sol desgajado del aire haces del polvo.

En un espacio abrupto pero preciso; a partir de entonces los árboles. Hacia abajo las ganas irrefrenables.

Los monos, como dijeron todos, eran salvajes; cuerpecillos tirantes y amarillentos. El juego era portentoso, desarraigado; las manos, llenas de lodo.

El agua brilla; en sus ojos la noche es un impulso vago y oscilatorio, una tajada oscura –boca finísima– lo delínea. Pero empezar aquí con el consuelo de ver a todos enardecidos, y mirar de improviso sus dedos híbridos, infantiles.

            Para Coral Bracho el mundo podría ser una zona de penumbras, umbral de nostalgias reblandecidas; el paisaje descrito con júbilo, la kínesis que impulsa esta naturaleza es total. Pero, ¿qué mundo describe la poeta? ¿El del primer hombre y la primera mujer, asombrados por el movimiento luminoso; el futuro, acaso, luego de un holocausto nuclear; la vuelta, después de milenios, del hombre lleno de inocencia? Quizá sea, apenas, una ensoñación, un guión aún por realizar donde manos infantiles se muevan ante la cámara, hurgando en un bosque ideal. Después de todo la realidad es insondable, irrepetible, siempre nueva en su transcurso agónico:

Y es el instante; pero empezar aquí. Sus ojos ávidos, insondables. En sus bordes espesos, las voces, las aguas cambian; peces de piel fugaz.

Sorprende la voz de Bracho, sorprende por sus amplios recursos, por las intenciones al asumir, con responsabilidad crítica, la enorme herencia literaria mexicana que empieza con Primero sueño, de Sor Juana, y culmina –hasta el momento– en La flama en el espejo, de Bonifaz Nuño, o en Las cuatro estaciones, de Jaime Labastida. Coral Bracho tiene, de hecho, un compromiso: superar con su propia obra futura ese poema –perenne en su dinámica interna– que transcribe el movimiento de la naturaleza, el conocimiento del espíritu: Peces de piel fugaz.

Del sexo y sus alrededores

 
Entre la expresividad convulsa de Mara Larrosa (México, D. F., 1956) y a sensualidad deliberada de Vera del mismo apellido, se ubica la pasividad natural de Hilda Bautista (México, D. F., 1956); en las tres autoras el sexo es esencial, aunque observado –y degustado– desde circunstancias diferentes (y opuestas en ocasiones). En Mara, la semejanza de los cuerpos es vital, pero no esencial:

                        Es la luz que tiene que entrar en la oscuridad, por eso me han crecido los árboles en las orejas, por eso se ha extendido mi esencia femenina hasta ti, tan cercano tu sexo, tu vientre plano, hermoso. Hasta ti temblando, para ti derramando: me he dado cuenta que somos semejantes. Amo tus piernas blancas, tus brazos blancos.

En Vera Larrosa (México, D. F., 1957), el anhelo se vuelca en una relación urbana, cautamente femenina. Dolida, tiene que iniciar el rito sexual, sexista, acaso porque para los hombres la mujer es simplemente “un diminuto grano de pimienta” Mara parece ser más desinhibida que su hermana al expresar sus contenidos utilizando todos los recursos disponibles. Fluida, no obstante sus largos versículos, transformados casi en una prosa rítmica, Mara canta con transparente inercia todo lo que acontece a su derredor; poesía preocupada por vivir, por existir, a pesar de los aires críticos, casi apocalípticos, que nublan al mundo:

Alguien amará los últimos patos del lago, alguien amará el volumen del mundo, la intimidad, los rasgos de cada edad, de las rocas que alcance a conocer.

En el poema denominado Agosto, hola poeta, te amo (V. la revista Le prosa, No. 1, Méx., abril-junio de 1980, s. p. [aunque por el orden debía ser 60-61]), Mara canta sin más la trascendencia del mundo: su insinuante valemadrismo no es una posición aberrante, tampoco es una actitud hipócritamente asumida. Lo que sucede es inobjetable: la poeta no puede aclarar la significación del momento; lo capta, así sin más, y lo entrega. La intuición, por supuesto, hace exclamar que posiblemente existe algo que trasciende, pero no es la simple forma de las cosas o de los individuos. Asistimos a la interrogante de Gorostiza, reflejada –una vez más– en una expresión convulsa, más acorde con nuestro tiempo. Y por eso –puntualiza sobre lo perenne y universal, captar la esencial dinámica del universo– hace válida la obra de Mara Larrosa.

Vera, por su parte, está muy próxima a Kira Galván cuando alerta su conciencia sobre las particularidades de lo cotidiano; aunque por su intención y tono, por su ironía y aparente júbilo, esté hermanada con Elena Milán. Como esta última autora, Vera se dedica a coquetear con el mundo varonil, buscando no un enfrentamiento, sino un lugar, un sitio donde arrojar sus dardos; por lo mismo, el enfrentamiento de clases, las contradicciones ideológicas de Kira, son superada por Vera n una “simpática” comedia que, a la postre, resulta trágica:

                        Los dos hombres que amo son viciosos

                        pero adorables

                        les he mandado flores a su camarote

                        y versos bellos y versos malos.

                        Parece que yo fuera el caballero en vez de la dama…

            Su poesía es una larga descripción del precario universo femenino: precario por lo absurdo, por el lugar que ocupan los valores humanos; absurdo porque, todavía, las mujeres se duelen de las circunstancias imperantes, cuando ellas –las mujeres– propician este orden de cosas:

                        ¿Cuándo seré amada en los hoteles y en los campos?

                        ¿Cuándo peinaré la melena larga o corta de mis señores?

                        El frasco de pastillas suicidas

                        viajará en mi carne!

                        Habrá un drama hasta en mis calcetines si el impacto y

                        el éter florecen!

                        Ya no resisto los abandonos…

            Pero si Vera Larrosa describe situaciones límites, si se duele del status quo en tanto víctima. Hilda Bautista vuelca su ternura en el candor de una mente bella y fresca. Hilda es clásica en su tono y en su contenido: es intemporal en su propio universo, en su estructuración. Incluso utiliza el soneto para dar salida a la frustración de no tener el manso alivio de otra piel amarga. Sin embargo, en su aparente pasividad, en su entrega a sus formas clásicas, persiste un espíritu que irradia inconformidad. Sólo que aún no quiere, o no desea, destacarlo. Mientras las otras poetas hurgan en las relaciones sexuales la verdad de las cosas, la esencia envuelta en la forma, Bautista pretende visualizar los cómos y los porqués en la inteligencia, en los procesos cognitivos, en los factores del pensar. Para esta artista de la palabra, el elemento racional es el núcleo axiológico de su temática. En este sentido no es raro que derive a una estructura estática como es el soneto endecasílabo, aherrojado en catorce versos y con una consonancia ya muy transitada.

 
¿Respuesta insatisfecha?

La interrogante, luego de la observación directa de siete poetas mexicanas, vuelve a cobrar impulso: ¿existe una poesía femenina? Si ello es cierto, ¿cuál es su característica primordial?, ¿cuál su fundamento ideológico?, ¿cuál su expresión? De hecho la poesía femenina en México existe: puede detectarse de inmediato por ese tono de reproche, de crítica respuesta a un esquema cultural propuesto desde siempre por el hombre. Ciertamente, no existe una sensibilidad especial en la mujer, sólo conciencia y lucidez para enfrentarse a los fantasmas interiores y exteriores. Y a todo ello, dicha sensibilidad –retomando el juicio de Isabel Fraire– debe surgir en un contexto histórico determinado, puesto que todo punto de vista artístico, toda expresión, es social (Cf. Op. cit.).

            Recapitulando: existe poesía femenina en México en la medida en que se unifiquen las posiciones y tendencias de las poetas al expresar sus contenidos desde la óptica particular de la mujer, destacando la categoría de lo universal. La humanidad, reflejada por el punto de vista femenino, debe ser un factor insoslayable. Y la honesta lucidez para enfrentarse a sus propios recursos, a su particular y singularizada problemática.
 

((Publicado originalmente en la revista Plural, nueva época y posteriormente en mi libro Entre las musas y Apolo. Poesía mexicana: presencia y realidad, Grupo Editorial 7, Méx., 1991: 67-82. También en Lugar de encuentro. Ensayos críticos sobre poesía mexicana actual, recopilación de Norma Clan y Jesse Fernández, Edit. Katún, Méx., 1987:.205-217).

 


 

 

 

 

 

lunes, abril 22, 2013


LAS “ÍES BAJO LOS PUNTOS

CANTO DE LA GOTA DE AGUA

 

Óscar Wong

 

 

En el cuarto mes del año Ella descubrió su vocación de hada. Y –con lozanía– decidió renovar el crecimiento de la tierra y así entregar la magnificencia de la Diosa. Con paciencia mezcló la memoria y el deseo, removiendo las raíces turbias e hilando con floraciones de agua la heredad baldía. Emocionada, tierna y condescendiente, ascendió sobre el oleaje y renació entre la espuma. Y por lo mismo Aprilis los romanos la llamaron y los griegos Aphrodíte. Y recordó el día cuando el unicornio hizo surgir de la roca una fuente de borboteante vida y se esparcieron semillas de peligro: mientras las aguas irradiaban su humedad fertilizante, también se filtraban por las fisuras tenebrosas y goteaban hasta cavernas secretas y ardientes, entrelazándose en las raíces de los montes. Contener el crecimiento de lo oscuro es su trabajo y por eso, Eliot, Abril es el mes más fiel del año.

            Desde el sueño y el misterio, el Hechicero observó la medianía de los hombres. Y contemplando al unicornio sentenció: “Aprenderán a cantar sólo cuando beban de los ríos de silencio”. Ella sonrió, pues aquellos la ligaron con Aperio ("abrir"), porque es cuando se abre la primavera. Y significa apertura, amplitud, luz que proviene del ensanchamiento (“la alegría de la primavera”). Y “los pocos sabios que en el mundo han sido” la vincularon con el verbo aperire (“abrir”), por la supuesta forma aperilis, seguramente porque en este tiempo la Primavera abre la tierra, las flores, etc. A esta idea se unió el poeta Ovidio; aunque no hay fundamento etimológico que lo sustente. Otros propusieron el griego aphrós (“espuma”), a través de la forma aphrilis, nombre que guarda un parecido con Aphrodíte (sin embargo los romanos la llamaron Venus) porque lleva implícita la palabra espuma.

 


 

LAS “ÍES BAJO LOS PUNTOS

SU FLOR, LA MARGARITA

 

Óscar Wong

 

 

“Bajo esta roca roja sólo hay sombra y en un puñado de polvo el miedo crece. Entra bajo la sombra de esta roca roja –continúa murmurando aquel poeta– y te enseñaré algo diferente: tanto de tu sombra caminando por el alba tras de ti como de tu sombra por la tarde subiendo a tu encuentro”. El Hechicero mueve la cabeza. En las sombras, ciertamente, crecen semillas de quebranto. No obstante, durante el equinoccio, cuando el rayo de luz abate las inundaciones, cuando los días se hacen más largos que las noches y el sol llega a la virilidad, Ella deslumbrante asoma.

El origen de su nombre es inexacto (aunque su piedra es el diamante y su flor, la margarita). Azul, Gota de luz, acaso Maga azul, le digo. Pero rocío y humedad entrega. Y las advocaciones continúan: Aperio viene: recibe el sol en primavera. Puerta franca de la renovación, Aphrilis llega. Regocijo de la floración Aphrodíte es.

Entre el aliso y el sauce –árbol consagrado a los poetas–, ahora busca la morada de las Nueve Musas: barcas y remos conducen al Espíritu del Año por las aguas, hacia la tierra seca. Y porque mezclando memoria y pretensión ocurre la ceremonia de Walpurgis –durante la noche del 30 de abril hasta el amanecer del 1 de mayo– y remueve raíces turbias con lluvia de primavera, fecundando hilos de la tierra yerma, Abril –amigo Eliot– es la época más fiel del año.

 


 

miércoles, marzo 06, 2013


EL SECRETO DEL VERSO

DEVELADO EN EL PABELLÓN DEL ESTADO DE MÉXICO

 

 

Como “un libro con temática etérea y cuya génesis, en su sentido original, nos habla del origen: el Verbo, la voz capaz de crear y re-crear el mundo”, la poeta mexicana Jade Castellanos calificó al volumen El secreto del verso. Manual para la enseñanza-aprendizaje en los talleres de creación literaria, del escritor sinomexicano Óscar Wong, durante la presentación, la mediatarde del jueves 26 de febrero, en el Pabellón del Estado de México, dentro del marco de la Feria Internacional del Libro en el Palacio de Minería de la UNAM.

Ante un buen número de asistentes, quienes se dieron cita al lanzamiento de este libro, editado por la Editorial Chicome, la también catedrática universitaria indicó que “El Secreto del Verso está destinado a convertirse en un clásico en lo que a textos de enseñanza de poesía concierne. Su lenguaje es franco, atinado y accesible, además, permite conocer los principales conceptos del género; encontramos verso clásico, blanco y libre, cuestiones de métrica, ritmo y rima, diversos recursos estilísticos, ejemplos y explicaciones, entre otros”.

La publicación de este Manual, inusitado en su contenido porque aunque está destinado a los talleristas de creación literaria, en virtud de que fue elaborado a manera de sesiones de taller, también puede ser utilizado como herramienta didáctica por maestros y alumnos de secundaria, preparatoria y aún a nivel de licenciatura.

También el profesor Valente Maldonado, responsable de la casa editora, manifestó su satisfacción por el trabajo profesional realizado por su equipo de diseñadores. Una tarea gratificante porque vuelve atractivo un objeto tan necesario para estudiantes y maestros de literatura.

En su oportunidad, Óscar Wong, autor de la obra, se refirió a la portada, indicando el aspecto simbólico de la misma puesto que remitía a la leyenda irlandesa narrada por el poeta inglés Robert Graves, en el sentido de que quienes aspiraban a ser escritores, pasaban la noche en una silla de piedra; algunos amanecían muertos; otros, locos, y sólo unos pocos despertaban como poetas.

La poeta y artista plástica Alma Rosa Tapia, tuvo a su cargo la conducción del evento, mientras que el profesor Alfonso Sánchez Arteche, en su calidad de anfitrión, le dio la bienvenida a los presentes, la mayoría estudiantes y escritores, como Roberto Bravo, Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí, y la fotógrafa Blanca Charolet, autora de la foto de la solapa.

Poeta, narrador y ensayista, Óscar Wong (agosto 26 de 1948) fue becario del INBA-FONAPAS en crítica literaria (1978-1979) y del Centro Mexicano de Escritores en ensayo (1985-1986). Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde 1988 con el libro Enardecida luz (UNAM, El Ala del Tigre, 1992) y Premio Literario Rosario Castellanos en Cuento 1989 con La edad de las mariposas (Talleres Gráficos de la Nación, 1990), Premio Nacional de Ensayo Magdalena Mondragón 2008. Autor de Fulgor de la desdicha (Instituto Mexiquense de Cultura, Toluca, Edoméx., 2002, 1ª. reimp., 2010), Razones de la voz (CNCA, Práctica Mortal, 2002) y En el corazón de la memoria (UAEM, 2012). Ha colaborado en diversos medios de comunicación social. Radica en la ciudad de México.