domingo, abril 20, 2014


TEXTOS RELIGIOSOS SOBRE LA PASIÓN

 

Por Óscar Wong

 

Esta es la segunda charla sobre literatura “sacra”, precisamente sobre la aprehensión, proceso, martirio y crucifixión del autollamado Hijo del Hombre, abordando los textos populares producidos sobre todo en México. No pretendo, por supuesto, repetirme, aunque es válido retomar algunos conceptos, necesarios para abordar el tema que ahora nos congrega: los textos religiosos sobre la Pasión.

                De antemano convenimos en que el aspecto sagrado, o santificado, involucra el culto divino, el respeto por los símbolos, mientras que el término profano alude a quien no respeta estas creencias (un hereje es aquel que se aparta de raíz de estas expresiones). La otra precisión corresponde a la mística, asumida como esa corriente literaria cuyos representantes son, precisamente, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila; también se acepta el vocablo en el sentido de cómo a nivel personal las personas se las arreglan con la Divinidad. El otro rasgo admite las reflexiones filosóficas (“la mística del ser”) a través de la teología y los que a nivel de revelación conocen el aspecto teologal (“mística del amor”), cuyos representantes son, precisamente, beguinas y begardos[1] (por ahora no me interesa acercarme a la mística del sufrimiento, con sus flagelos y demás mecanismos “devocionales”).

Robert Graves recuerda la etimología de la palabra religión, precisando que Cicerón la relaciona con religare (“leer debidamente”, “escudriñar o estudiar” el saber divino). San Agustín determina el vocablo religar, en su acepción de “volver a atar”, mientras que Lucrecio, en De Rerum Nature, señala que religio (que deriva de la locución rem legere) significa “elegir, escoger lo debido”. El poeta inglés destaca además que entre griegos y romanos primitivos era un medio de proteger a la tribu contra el mal. “Estaba a cargo del sacerdocio de mentalidad mágica, cuyo deber consistía en indicar qué acción agradaría a los dioses en ocasiones peculiarmente favorables o desfavorables” (Cf. La diosa blanca: 652). En Roma se vinculaba con la monarquía sagrada: 12 sacerdotes, llamados lectores o electores, protegían al rey contra la mala suerte.

La relictio o “lectura cuidadosa” de señales y la selectio de sus armas, vestidos y alimentos eran sus tareas. Cabe señalar que ley, lex, significa “palabra elegida”. Para quienes estamos interesados por el asunto literario, es comprensible registrar ese vínculo estrecho entre albigenses y trovadores provenzales del siglo XII, en el sur de Francia, como reflexiona Denis de Rougemont (Cf. Amor y Occidente, 1938) y porque ello generó un vasto movimiento lírico cuyas repercusiones llegan hasta nuestros días. La tradición bárdica es tan importante, que a la fecha se delibera sobre la relación entre poeta, musa e inspiración. La dueña, la dómine, la Señora, como el centro de todo. El autor suizo exterioriza un concepto substancial para nuestro tema: “Amor es pasión y pasión significa sufrimiento”. Por ende, la Pasión de Jesús representa el padecimiento del Hijo del Hombre, como Joshua Ben Joseph se autoproclamaba.

Mito y leyenda se interrelacionan. Fe y devoción se arraigan en el ámbito etiológico. Poesía y tradición popular se conjugan para establecer, y penetrar, en la liturgia de las diversas corrientes cristianas, pero que finalmente permean en el comportamiento de la sociedad occidental. Al igual que el mito de la Diosa madre, que requiere de su consorte –el rey sagrado que se ofrece en sacrificio–, el Poeta necesita de una Musa, que no es más que la Luna o la Mujer simbolizada por ésta. Cabe resaltar que en Cuarto Creciente representa a la niña, a la doncella, a la núbil, a la virgen. La Luna Llena o Nueva de primavera caracteriza a la mujer fértil, a la mujer en su plenitud, mientras que en Cuarto Menguante significa a la anciana sabia, a la enferma y a la muerte. Para clarificar el aspecto de la Musa, basta señalar que en un principio la Mujer detentaba los medios de producción en los sistemas agrícolas. Las mujeres eran sacerdotisas de la Diosa madre, cuyo consorte era el rey sagrado o regente. El rey era, además, contrahecho, porque se le descoyuntaba la pierna, cojeaba. Este rey moría devorado para ofrendar sus atributos a quienes lo comían (recuérdese la liturgia católica, la comunión, la hostia que es el cuerpo de Dios, el vino que es su sangre. De ahí también los sacrificios humanos. Jesús es un dios vivo).

Históricamente, cuando Juliano rearma las creencias religiosas, en el año 408 d. C., se establece la caída de la divinidad femenina. María, esposa de José, asume en Éfeso su condición de teotokos, madre de Dios, de Jesús divinizado. Por ende, el actual diezmo de algunas iglesias representa las antiguas ofrendas a la Diosa madre. El rito mariano es, desde luego, parte de la expresión de la Musa de los Poetas. Curiosamente el Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854, en su bula Ineffabilis Deus acepta la concepción sin mácula de María e instituye esta festividad.

Del Nuevo Testamento, consignado en La Biblia (73 libros en la Nácar Colunga), vale la pena destacar a los cuatro amanuenses, quienes redactaron los documentos conocidos como los Evangelios: Mateos (publicano, quien cobraba impuestos, escribió en arameo; aunque solo se conserva la traducción griega). Marcos (originario de Jerusalén, de familia acomodada, escribió en Roma desde el 55 al 61; abandona la ciudad en el año 64 antes de la persecución de Nerón. Su participación es en griego vulgar); Lucas (médico, originario de Antioquía; hablaba griego, redactó su Evangelio hacia el año 60) y, por último, Juan (de Galilea, hermano de Santiago el mayor; escribe en griego o arameo en la ciudad de Éfeso a finales del siglo I. Es el único testigo de la crucifixión). Según el Pbro. Agustín Magaña Méndez, Mateos, Marcos y Lucas registran un esquema similar: exponen los hechos casi con las mismas palabras y dimensiones; en cambio el cuarto evangelio asume otras particularidades: es más vivo, más apasionado. De 1070 versículos en Mateos, 330 son propios, 330-370 son comunes con Marcos y Lucas; 170-180 solo con Marcos y 30-240 solo con Lucas.

Desde mi perspectiva personal, el Evangelio de Juan es el que reúne las condiciones necesarias para ser determinado en tanto crónica, puesto que testifica los acontecimientos de manera directa. Jesús es el centro de lo que el evangelista testimonia. Es más personal, doctrinario, y además revela un conocimiento espiritual, esotérico y va más allá del simple hecho de narrar lo acontecido. El de Lucas es el documento de un letrado, de alguien que se preocupa por exponer con objetividad los acontecimientos que le relataron y que investigó en documentos y testimonios. De los 667 versículos de Marcos, 68 son originales, 330-370 son compartidos con Mateos y Lucas, 170-180 solo con Mateos y 50 con Lucas. En el caso de éste, de sus 1158 versículos, 541 son particulares, 330-340 comunes con Mateos y Marcos. Los restantes evangelios canónicos son especialmente parcos en este tipo de noticias; el de Marcos sólo indica que "el velo del templo se partió en dos partes de arriba abajo" (15, 38), el de Lucas que "las tinieblas cubrieron toda la tierra hasta la hora de nona, obscurecióse el sol y el velo del templo se rasgó por medio" (23, 44-45), en tanto que el de San Juan nada dice al respecto (Nuevo Testamento, trad. Eloíno Nácar Fuster y Alberto Colunga Cueto, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1970: 127-128, apud Vicente García de Diego, Antología de leyendas de la literatura universal, Barcelona, Labor, 1958, vol. I: 22). Un episodio de esta magnitud –aprehensión, martirio, muerte y resurrección de Jesús– y la entronización del cristianismo, con el apoyo de los emperadores europeos, ha repercutido en cuentos y relatos, poemas y cantares.

            Los siglos de Oro en España son una muestra de ello, las coplas populares españolas y las famosas saetas sevillanas, son capitales. En la liturgia católica, se indican esa oraciones pequeñas, rápidas, que dirigen el profundo sentimiento hacia Dios, conocidas como Jaculatorias (vocablo que significa "lanzar una palabra" como si fuese una flecha veloz para que llegue al corazón de la Divinidad) y que mantiene al devoto en contacto permanente con la misma. La lírica popular articula una serie de rezos, himnos y poemas cuya sonoridad responde a un esquema establecido: para cantar una historia se recurren al verso octosilábico, como en los romances y corridos mexicanos. Un himno responde a una métrica decasílaba, como el canto a la Guadalupana, por ejemplo. Son obras sin demasiada intención estética, sólo postulan un esquema doctrinal. Sin embargo, en un soneto que algunos autores lo atribuyen a Fray Miguel de Guevara (1585-1646), religioso y filólogo novohispano, se observa un contenido argumentativo, que revela una postura cátara: amar a Dios por sobre todas las cosas, independientemente del dogma de fe. Recordemos esos dos cuartetos y dos tercetos harto conocidos, aunque heréticos:

                        No me mueve, mi Dios, para quererte

                        el cielo que me tienes prometido,

                        ni me mueve el infierno tan temido

                        para dejar por eso de ofenderte.

 

                        Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

                        clavado en una cruz y escarnecido;

                        muéveme el ver tu cuerpo tan herido;

                        muevenme tus afrentas y tu muerte.

 

                        Muéveme, en fin, tu amor y en tal manera

                        que, aunque no hubiera cielo, yo te amara

                        y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

 

                        No me tienes que dar porque te quiera;

                        porque, aunque lo que espero no esperara,

                        lo mismo que te quiero te quisiera.

 

Pero el ejemplo anterior corresponde al siglo XVII. En el México contemporáneo, Los Ejercicios populares del Viacrucis y de las Siete Palabras, postulan simplemente el ámbito devocional; ahí, con sencillez, se da cuenta de lo siguiente:

                        “Sentado en el tribunal

                        da Pilatos la sentencia,

                        condenando a la inocencia

                        y absolviendo al criminal.

 

                        Si por respetos humanos

                        en la tentación consiento,

                        le doy a Jesús tormento,

                        aunque me lave las manos”

 

            Por supuesto que estas cuartetas, cuya rima es abba, buscan cumplir con la métrica y la asonancia; aunque descuida la perspectiva estética. Son periféricos, sin tocar la categoría de lo sublime. Veamos otro ejemplo claro de lo que se indica:

 

                        “Pecador, mira a Jesús

                        con la cruz que le has cargado,

                        que te dice lastimado:

                        tus pecados son mi Cruz.

 

                        Que en mí no haya voluntad

                        hacia lo que el mundo admira

                        porque en él todo es mentira

                        y sólo amarte es verdad”.

 

Los textos cumplen únicamente con la expresión pía. En el terreno de la lírica, los temas y contenidos son relevantes: destacan esa voluntad estética y originalidad expresiva como acto constitutivo de valor. Lo sublime, como sentimiento de belleza profunda, acompañado de una sensación de estremecimiento y que infunde respeto, no se encuentran en estos ejemplos: lo bello, desde luego, engendra amor.

En cambio Vía matris (La Santísima Virgen vuelve desde el sepulcro a su casa), de L. C. Flores Mateos, S. J., concibe 16 poemas octosílabos arromanzados. Es decir: 2º. y 4º vv. son asonantados, mientras que el 1º y 3º vv. van libres. Aquí ya hay cierta preocupación por el contenido, expresado con más recursos literarios:

 

                        CUANDO JESÚS RECIBIÓ LA CRUZ

 

                        Sobre sus hombros pusieron

el leño de la victoria.

Él, carpintero, sabía

de maderas olorosas.

 

                        Y la levantó triunfante,

                        como levanta a su esposa

                        el amante enamorado

                        en la noche de sus bodas.

 

                        ¿Aborrecerla o amarla?

                        En esta vía dolorosa,

                        la cruz se clavó por siempre

                        en mi corazón, muy honda.

 

                        Cruz de Jesús y del hombre,

                        divina cruz redentora,

                        ligero yugo amoroso,

                        ¡puente que lleva a la Gloria!

(p. 27)

 

La Poesía es Revelación, sensibilidad, emoción. Pero también es producto de la inteligencia. En este equilibrio reside, justamente, su peculiaridad y energía, su dinámica interna: la Poesía no puede concebirse como el simple ejercicio escritural. Una condición adámica: designar a las cosas, proclamar las emociones, lo cual no ocurre en este tipo de expresiones. Otro ejemplo del mismo folleto, con estrofas octosilábicas de seis versos, cuya rima responde a 2º, 4º. y 6o vv.:

 

CUANDO CONDENARON A MUERTE A JESÚS

 

Anda suelto en la ciudad

                        un sedicioso homicida.

                        Mi Hijo pagó el rescate

                        con su corona de espinas

                        y, porque nada faltara,

                        ofreció vida por vida.

 

                        Pilatos quiso lavar

                        con agua su cobardía

                        y su nombre, para siempre,

                        se quedará como estigma

                        de quien, por temor al mundo,

                        al mismo Dios crucifica.

                        Ahora, frente al Pretorio,

                        la plaza duerme vacía.

                        Un agrio remordimiento

                        en las conciencias vigila.

                        -¿Resucitará?..., preguntan.

                        Sólo yo sufro tranquila.

 

                        Sólo yo… Mis compañeras,

                        las dulces, fieles Marías,

                        quieren llevar al sepulcro,

                        el domingo, aceite y mirra.

                        Yo seré, en el mundo a oscuras,

                        la sola luz encendida.

                                                           (p. 29)

Como puede advertirse, ya hay más preocupación por la forma, incluso hay encabalgamientos. Y la voz, por supuesto, imita la voz femenina. María habla y se califica como única luz encendida.

Sin embargo, a diferencia de las coplas populares y saetas del pueblo español, la poesía popular religiosa de México no consigue impactar la esfera estética. Lo cual, desde luego, lamento, acaso por ignora que el Poeta descubre una nueva existencia a través de la emoción profunda y la revela –es decir, instaura la contemplación, según Heidegger– con todos los medios verbales posibles; esta es su función social (si queremos utilizar esta expresión más cómoda y usual para todos). El Poema no es el simple conjunto de líneas resonantes, sino un estado de ánimo profundo, una imagen develadora que condensa la conducta cotidiana, por lo que entramos en el ámbito de la Revelación.

Pensamiento emocional, vivencia exaltada y cántico significado asumiendo un valor, una categoría universal, a través del corpus semántico-sonoro… lo cual se soslaya en la expresión popular mexicana. Insisto: el propósito solamente es devocional, utilizando algunos elementos literarios. El rango estético determina que, previamente, hay una emoción, un estremecimiento profundo, que explota y se apodera y otorga nuevo significado a la Palabra. Por ende, la Poesía es, indiscutiblemente, la expresión rítmica, acertada, de esa emoción primaria. Percepción y emoción se dan la mano para reflejar este pensamiento original determinado como Poema y enriquecer la realidad.

La Poesía tiene varios registros, diversas vertientes y expresiones, pero por sobre todas las cosas es la memoria anticipada, una evocación de alegría; significa la dicha evidente de respirar. La imagen poética tiene, en cierta forma, una doble función: por un lado se enriquece con un onirismo nuevo y por el otro ofrece otra significación lúdica. Ahí reside, justamente, lo que se denomina originalidad. Es, también, el Silencio mismo que florece y que libera. La imagen literaria, la expresión poética, revive y reivindica la dimensión espiritual, lo cual, reitero, no acontece a plenitud en los textos populares mexicanos.

 

México, D. F. abril 17 de 2014


 

 

 



[1] El árreton, lo inefable, representa el aspecto denominado santo, lo cual implica un asunto moral: y aquí podríamos precisar que la bondad perfecta, la bondad suma, nos lleva al conocimiento sensible, concepto derivado de lo numinoso (omen, ominoso; lumen), que a su vez determina su aspecto semítico: gadosh, hagios, sanctus (Cf. Rudolf Otto, Lo santo. Lo racional y lo irracional en la idea de Dios, Madrid, 1983)

viernes, marzo 07, 2014


A CONTRACORRIENTES

BEGUINAS Y BEGARDOS

 

Por Óscar Wong

 

 

Cuando el papa-monje Gregorio VII instituye el celibato obligatorio de los sacerdotes, a pesar de la protesta de San Bernardo de Claraval, fundador de la orden del Cister, en la abadía occitana de Fontevrault las monjas leen y comentan el Cantar de Cantares. Durante ese siglo XII tuvieron lugar las cruzadas, nacimiento, apogeo y desaparición de la Orden del Temple, y donde prospera la herejía albigense; surge el culto mariano (Regina Coeli) y el ajedrez se modifica con la figura de la Reina, con libertad de movimientos. A comienzos del siglo XIII surgen las beguinas, una corriente mística-literaria que tiene singular importancia en la cultura occidental: las beguinas, esas mujeres que, a través de la revelación, consiguieron lo que muchos teólogos realizaron a través del estudio y la meditación.

Desde el ámbito social, es el primer movimiento feminista en Europa, puesto que monjas y seglares fueron quienes establecieron las primeras casas de asistencia para mujeres. Perseguidas por la Inquisición, benedictinas y beguinas fueron llevadas a la horca y a la hoguera, pese a ello "Dios manifestó su poder por medio del sexo débil, en aquellas siervas a las que coló con espíritu profético". El nombre cátaro dado a las místicas errantes (la Crónica de Morosini, de 1429, indica que incluso Juana de Arco fue una beguina), señala que “el término beguina proviene de beguin, palabra que designaba un gorro de lana usado por los místicos errantes de la Iglesia del Amor de los herejes cátaros” (Cf. Luis G. de la Cruz, op. cit.:17).

“La figura femenina ocupa el centro de los altares como objeto de culto y devoción; desarrolla una intensa vida espiritual como religiosa ortodoxa o como mística heterodoxa, tanto en los conventos como por libre; se convierte en la Domina del juego de ajedrez y en la clave del misterio que rodea al Santo Grial” (op. cit.: 19) [“... en provenzal la palabra Grasal designa a un vaso de piedra y este significado del término en la lengua de Oc funde los dos sentidos antes mencionados del término Grial –la piedra caída del cielo y el vaso o recipiente–  en un único objeto mágico”] (op. cit., ibid.). Denis de Rougemont, en El amor y Occidente, encuentra temas comunes a los trovadores provenzales del siglo XII: la mística unitiva (fusión del alma y de la divinidad) y la mística epitalámica (matrimonio del alma y de Dios).

El autor observa que el misticismo, en primera instancia, es una desviación del amor humano, puesto que la pasión mortal remite a la sexualidad. “La primera mirada de los amantes, la que cambiará toda su vida, corresponde al primer toque del amor divino, a la conversión del cristiano” (Cf. El amor y Occidente, 1984: 342). Luego explica la Encarnación del Verbo, precisando: “La herejía de los cátaros consistía en idealizar todo el Evangelio y en considerar a todo el amor, bajo todas sus formas, como un impulso exterior al mundo creado. Esa huida hacia lo divino –o <<entusiasmo>>– esa transgresión de los límites de lo humano, finalmente irrealizable, debía traducirse y traicionarse de una manera fatal en una exaltación en términos divinos del amor sexual” (op. cit.: 157).

Según el maestro Johann Eckhart (Turingia, Alemania, ca. 1260-1327), el hombre encuentra a Dios en la parte íntima del alma. En su Doctrina del desasimiento o renunciación (dejarlo todo para poseer todas las cosas: poseer nada equivale a tenerlo todo), demanda la individualidad espiritual de las creaturas y de Dios: “Sólo renunciando al sí mismo se puede acceder al otro, tanto a Dios como al prójimo” (Maestro Eckhart, Tratados y sermones, 1998: 14). Las reflexiones del maestro Eckhart –podemos ser Dios, o Dios con Dios– pusieron en riesgo el pensamiento de las místicas medievales Hildegarda de Bingen (1098-1179), Matilde de Magdeburgo (1207/1210-1282/1294), Beatriz de Nazaret (1200-1268), Hadewijch de Amberes (hacia 1240) y Margarita Porete o Margarita de Hainaut (quemada viva en París en 1310).

Recordemos que en la Edad Media la disputa ideológica-filosófica se presenta entre la razón y la fe, aunque las monjas benedictinas (Hildegarda de Bingen y Beatriz de Nazaret) y las beguinas (Matilde de Magdeburgo, Hadewijch de Amberes y Margarita Porte), frente a teólogos y filósofos escolásticos exponen esa primacía del amor sobre el intelecto, cuya voluntad está íntegramente impregnada de contemplación. La mística del amor o Minnemystik, es diferente a la mística del ser o mística especulativa (Wesenmystik), que parte de la tradición agustiniana.

En la obra Mujeres trovadoras de Dios. Una tradición silenciada de la Europa medieval, Georgette Epiney-Burgard y Emilie Zum Brunn reflexionan sobre dos temas fundamentales: 1.- “la historia perdida de la cristiandad femenina” y 2.- la operación alquímica por medio de la cual las beguinas transmutan el amor cortés en una esencia más valiosa: la del Amor eterno. Abadesas y beguinas supieron conservar la herencia mística –la supremacía del amor– olvidada o desnaturalizada por teólogos y escolásticos.

La pugna no es entre la razón y fe, que se vuelven una, sino entre razón y amor. Es interesante la visión que presenta Peter Dronke pues las fuentes que utiliza –escritos y testimonios– van desde c. 200 hasta c. 1300 d C. Textos anónimos en latín (siglo III), provenzal (siglos XII-XIII), catalán (siglo XIII) e incluso poemas en francés antiguo, enriquecen el volumen, que va “desde Perpetua, mártir e el circo de Cartago en el año 201, hasta Margarita Porete, ejecutada en París en 1310” y se ocupa de algunos procesos inquisitoriales contra los cátaros [siglo XII] (Cf. Las escritoras de la Edad Media, 1994)

Para las beguinas “como para todo contemplativo auténtico, lo importante es, ante todo, ser pasivo y no activo respecto a Dios. Es esta pasividad la que simplifica el alma, liberándola de sus deseos múltiples –por santos y espirituales que puedan ser– y uniéndolas a Dios, en el no querer que es el querer de él solo. Ésta nos parece la característica más profunda –a veces desconocida– de la mística occidental, tal como fue transmitida, de eslabón a eslabón, a partir de los Padres griegos hasta Teresa de Ávila y Juan de la Cruz. Éste último, que cantó el encuentro del alma con Dios en la noche de Amor, nos pone en guardia contra la ilusión de las <<buenas>> acciones, en tanto el alma no es verdaderamente receptiva a Dios y se ha transformado en él (Cf. Mujeres trovadoras de Dios. Una tradición silenciada de la Europa medieval, 1988: 216).

            Frente a la Mística del Ser, o mística especulativa (Wesenmystik), que a través de la razón procura determinar los predicados de Dios, la Mística del Amor (Minnemystik), exalta el simbolismo del amor cortés que se fusiona con la expresión metafísica del amor a Dios (En esencia, Aristóteles y el primer motor inmóvil –teoría de la substancia– subyacen en estos argumentos ontológicos. La escolástica y la metafísica están presentes). Hay un lirismo erótico en las relaciones del alma con el >Verbo Divino. La revolución espiritual de la época se explica por la conciencia de la soledad del alma con Dios y de su libertad intangible. Por eso las beguinas –auténticas poetas o trobairitz– crean una lengua para traducir sus expresiones apasionadas. El amor se convierte en conocimiento y el alma llega a <<ser Dios en Dios>>, pese a la amenaza de la hoguera.

 


 

domingo, septiembre 08, 2013


LAS “ÍES BAJO LOS PUNTOS

EL ALTAR DEL CANTO CRECE

 

Óscar Wong

 

 

En el Reino Celeste (la antigua China), respondía al espíritu de los tigres que al morir transmutaban en dicha resina. Adorado por los seguidores de la diosa Madre en tiempos clásicos, pues contenía la esencia misma de la vida, constituye la sustancia más arcaica usada para la fabricación de joyería (hay piezas que datan del año 8000 AC). Utilizado para todos los propósitos en la magia, brujos y brujas wiccas en el presente, junto con el azabache, lo usan en sus rituales e incluso se le llama “collar de bruja” porque aumenta el poder mágico (representan a la Diosa, el principio femenino [ámbar] y al Dios, el masculino [azabache]). Si un dije aumenta la belleza de quien lo lleva puesto, un collar atrae amigos y compañeros y estimula la felicidad. También se utiliza para atraer el amor y aumentar el placer sexual. Por su antigüedad, como contenedora de vida, coadyuva a contactar con el pasado y, por lo tanto, con las vidas pretéritas, para aprender de ellas y seguir nuestro camino en el día a día.

Pero Ella, de mirada dulce y transparente, viaja con su carga de sueños. La sonrisa cristalina se llena de parajes y distancias, exteriorizando la belleza que va asumiendo, asimilando. Montevideo y Yajalón, Buenos Aires o Tuxtla Gutiérrez, territorios que el instante va devorando, como resina fosilizada de árboles coníferos (como el Pino), del periodo oligoceno. De tacto cálido, su piel trastoca en “elektron” al ojo que la mira, produciendo electricidad estática. Y la doncella asume el arquetipo, la carga mítica, mágica, legendaria. Después de todo, Ámbar es su nombre. Nombre mágico y sagrado. Por eso, al pronunciarlo con reverencia, las sílabas producen un toque eléctrico. Íntimamente entreverados, destino y nombre se conciben cual conjuros y presagios. Ámbar, murmuro. Y el altar del canto crece, forja un dulce relámpago espiritual y la armonía vuelve al universo.

 


 

 

LAS ÍES BAJO LOS PUNTOS

PEQUEÑO ESPACIO DE SIRENA

 

Por Óscar Wong

 

Y cuando despertó El Hechicero estaba ahí, aguardando en el mutismo. Ella en la escarchada caracola, argumentando sobre las dimensiones del silencio: el En-sof hebreo, previo, sacro. Y el otro, terrible y desgarrador, que duele y petrifica. La sirena ya no duerme. Y ni la escarcha la recubre. Transita del marino abismo a la arena de la orilla. La luz molesta, aunque fascina. Y atrae –dice– con ese encanto mortal que hace a un gato perder de golpe sus nueve vidas en una curiosidad fatal. “De cualquier manera –delibera–, no en vano los años me han dado la maestría de encontrar –siempre– una salida de regreso a mi lejana caracola.

Transita por la arena. Camina y percibe cómo la marea que provoca El Descifrador de signos  sube lentamente. Y retrocede, juega con las olas jubilosas. Y le encantan. Se instala horas enteras para verlas ir y venir. Por eso sabe que avanzan, van ganando terreno a su islote temporal. De pronto ya cubren sus pies y se aleja. Aunque sabe que no queda mucho terreno a dónde subir, porque por eso es un islote: diminuto, apenas un espacio lejano a salvo del mundo donde la sirena sube a tomar luz, aire, calor solar; a escuchar al viento, ver la Luna con otros ojos, oler, probar… ser.”

Insiste la sirena: “Puedo dar más y más vueltas a mi pequeño espacio, y la marea continúa subiendo a pausas, con lentitud. Como si no quisieras me diera cuenta que intentas rodearme por completo suavemente, para que no me asuste y escape. Pero lo advierto. Conozco mi islote y sé que vas ganando terreno con toda la gentileza posible. Sin violentas crestas. También sabes que en cualquier instante puedo brincar al agua y sumergirme a mi caracola o simplemente perderme hacia cualquier otra que encuentre en otro distante abismo. Por eso –MiPo– haces olas apenas perceptibles, sin que retrocedan. Por eso tampoco brinco. Ignoro hasta dónde llegará este baile. No puedo saberlo… sólo bailándolo”.

 


 

 

 

LAS ÍES BAJO LOS PUNTOS

DUERME LA SIRENA

 

Por Óscar Wong

 

En el fondo de la caracola duerme. Y pretende reconstruirse. Como el niño en el seno de la madre, tiene todo el conocimiento del mundo, afirma un antiguo relato sufi. Por eso sabe cuántas gotas hay en el mar y cuántos granos de arena en el desierto. Brasas y cenizas afloran en la oscuridad. No hay secreto sobre la faz de la tierra que desconozca, ni misterio en el cielo o el mar que no pueda resolver.

Duerme la sirena. Y en sus sueños exige al Mago, al Hechicero que la arrulle, que zuree nuevos cantos. Soplo sonoro, “aire herido”, según el Divino Fernando de Herrera, la palabra transmite amor, odio, fuego sagrado gracias el cual se autoriza la continuidad de la prudencia. Pero el <<humo de la boca>> que se desvanece en el aire, según el ideograma chino –hanyu (palabra, hua)– se extravía en ese punto que resuena entre dos oquedades.

Hay una especie de horror al vacío. El silencio es siempre inquietante y misterioso. Aunque El Hacedor de signos calla porque no desea despertarla. Sabe que el mutismo, condición sustancial del hablar, se asume como la máxima sabiduría (que exalta la virtud del silencio y descubre su valor religioso). Acaso por lo mismo cuando un niño cuando está a punto de nacer, su ángel de la guarda baja del cielo y, colocando un dedo sobre sus labios, sella todo su conocimiento dentro de él y le susurra una única palabra: “Aprende”.

            Los días inmortales son, reflexiona el Adivino. Y Ella, como niño que se gesta, conoce hasta la última letra de la Torah. “El lenguaje le ha sido dado al hombre para que pueda ocultar el pensamiento” (Talleyrand). Por eso el Descifrador de Signos musita simplemente: ¿para qué trastocar lo cotidiano?

 


 

 

domingo, agosto 11, 2013


CHIAPAS Y SU EXPRESIVIDAD METAFÓRICA

 

Por Óscar Wong

 

 

En plena frontera sur, entre el águila y el quetzal, se erige un prodigioso registro literario que, lejos del regionalismo, y de su particular ámbito limítrofe, demuestra la vigencia universal de su poesía y de su narrativa; una propuesta estética que potencializa el vigor del cántico y lo dimensiona, a través de sus voces trascendentales y renovadoras en la esfera de las letras mexicanas. Pese a sus contrastes económicos y culturales, Chiapas ha logrado erigirse como una zona notable por su discurso literario, narrativamente vinculado con los grupos étnicos, como ocurre con algunos libros de Eraclio Zepeda (en especial Benzulul) o de Roberto López Moreno (Las mariposas de la tía Naty, por ejemplo).

Algunos autores sostienen que la geografía, el clima, la particular situación social generada por la lejanía con el centro de la República y su ubicación limítrofe con Guatemala y Centroamérica, así como el rico legado cultural prehispánico, produce una sensibilidad especial entre los chiapanecos, que los hace incursionar en la esfera de la literatura, el periodismo y la política. Con fray Matías de Córdova comienza, prácticamente, la tradición literaria de Chiapas; es el introductor de la imprenta y fundador del primer periódico, El Pararrayos, de notable trascendencia porque a través de sus páginas defiende la independencia de Chiapas y, más tarde, su incorporación a México. Pero es indudable que Rodulfo Figueroa inicia la poesía contemporánea en la entidad durante el siglo XIX; inmerso en el modernismo, sin dejar de ser él mismo un romántico, el “padre de la poesía chiapaneca contemporánea” a finales del siglo XIX aún aguardaba un apropiado estudio sobre su obra. El ulterior desarrollo de la lírica de esta región fue importante: versificadores, vanguardistas e introductores de diversos recursos estilísticos, como Armando Duvalier y Santiago Serrano, hasta la irrupción de la actual presencia de los autores que han dado origen a lo que ahora se conoce como los poetas de Chiapas, una corriente dinámica, vital, representativa, que se inscribe en el panorama de la literatura mexicana y, seguramente, universal.

La poesía de Chiapas representa una espiral integrada, donde poetas y versificadores aportan sus elementos estilísticos para conformar un mosaico diversificado. También simboliza un círculo abierto que parte del siglo XVII, con fray Matías de Córdova, prosigue con Rodulfo Figueroa, se extiende sobre los precursores de la vanguardia, se amotina con los “espigos” chiapanecos –Eraclio Zepeda, Óscar Oliva y Juan Bañuelos– y se abre a la precisión metafórica con Efraín Bartolomé. Conviene señalar que la poesía representa un medio de comunicación y de expresión. En su primera vertiente el poeta exterioriza sentimientos y pensamientos, pero además –en su segundo aspecto–, expresa, líricamente, una serie de valores connaturales al verso: el ritmo, la cadencia, símiles y metáforas integran la tabla axiológica del poema. La poesía es imagen. Por lo mismo, en 1983 surge la antología denominada Nueva poesía de Chiapas; lo meritorio de esta compilación es la presencia de Joaquín Vázquez Aguilar y de Efraín Bartolomé, principalmente, sin olvidar a Raúl Garduño y Elva Macías, así como de las poetisas María y Socorro Trejo Sirvent.

Tres años más tarde, Alfredo Pavón rescata la obra de los Jóvenes poetas de Chiapas. A juicio del propio Pavón, la obra contiene elementos característicos que identifican a estos ocho autores incipientes: 1) Incorporación de figuras familiares, 2) La figura de la mujer y el amor erótico, 3) Identificación del Yo; y 4) La naturaleza y la ciudad como marco del sujeto poético. Los autores convocados por Pavón –Adolfo Ruiseñor (1962), Alejandro Riestra (1954), Jorge Mandujano (1959), Uberto Santos (1960), Carlos H. Selva (1953), Luciano Villarreal (1954), Uvel Vázquez (1963) e Israel González (1961)– acusan descuidos formales y semánticos, constantes “debilidades técnicas, impotencia para sostener la totalidad de sus textos. Y la no distinción entre los mecanismos poéticos y prosísticos”; el propio Pavón califica la obra de estos autores como “textos primitivos”. El estudio de Pavón presenta dos vías: el análisis interno de cada texto, para determinar sus elementos estructurales, y el estudio de conjunto de los poemas para ver cómo se integran, cómo ofrecen su visión del mundo. Pavón se basa en la tesis de la categoría dominante de Tinianov, que explica que toda obra particular se construye alrededor de un elemento aglutinante que da sentido a los demás. Estos elementos son, justamente, los cuatro marcados anteriormente.

Por supuesto que coincido con la lectura de Pavón: en los ocho autores hay descuidos formales y semánticos, pues aún no logran dominar el oficio, acusan de constantes “debilidades técnicas, impotencia para sostener la totalidad de sus textos y la no-distinción entre los mecanismos poéticos y prosísticos”. Pero a pesar de estas objeciones, siento que hay una voz interior –si se desprende de la de Sabines– en Jorge Mandujano (“del fondo más espeso de los días/ de la sangre enardecida y desolada/ de la ola teñida por la rabia/ de esta hora infinitamente amada por la espuma/ surges tú/ con tumbos reventados en las calles...“); hay un poeta en vías de formación en Villarreal. Uberto Santos, quien aún no emprende el vuelo, acaso por estar imantado a la obra de Efraín Bartolomé. Un poco más de lecturas y de cuidados estilísticos harán que logren consolidar una obra madura y plena.

Dos libros más se agregan a estos intentos de abordar la dimensión poética de Chiapas. En 1983, Raúl Contla G. elabora El paisaje poético de Chiapas, sin más  propósito que ilustrar, con la obra de 33 autores, las fotografías que caracterizan al trabajo, mientras que María José Rodilla realiza una muestra limitada, y por lo tanto parcial, sobre la literatura de la frontera sur. Cinco entidades surianas, entre ellas Chiapas, son “estudiadas” bajo la simple óptica amistosa. Tiempo vegetal se refiere exclusivamente al siglo XX y su criterio selectivo se basa en “ofrecer unos cuantos ejemplos de calidad”, aunque la muestra es desmesurada si se advierte el parámetro indicado. Chiapas. Voces particulares, de Malva Flores, busca conciliar a la palabra –“materia dispuesta y moldeable”– con la “coherencia de la estructura”. Es decir, los autores que concurren en esta investigación tienen “más conciencia conceptual de la escritura” como un corpus absoluto “que se funda en la conjunción adecuada entre lo enunciado y la enunciación en sí, entre la fuerza de lo dicho y la tensión de la escritura”.

Por su parte Leticia Coello ha elaborado una mínima selección de poetas cuyos textos son, lamentablemente, ancilares de las fotografías que ilustran el volumen. Rostros del chulel (Rostros del alma) es un trabajo infame. La presentación tiene algunas incordancias y, además, señala que Chiapas, “por su exuberancia, no desampara a nadie, incluso a esa gente noble que se conforma con tan poco, los poetas chiapanecos, precursores del paz y del sentir del pueblo”. Ninguna ficha curricular precisa la trayectoria profesional de los 21 autores seleccionados.

            Chiapas. Nueva fiesta de pájaros, de Óscar Wong, resume un siglo de la poesía chiapaneca; sus consideraciones son del orden estético, aunque pretende rescatar a diversos autores de la antología de Paniagua. Se suma Árbol de muchos pájaros. Antología de poetas chiapanecos del siglo XX, un muestrario elemental, una compilación de textos mínimos que escuetamente agrega nombres, pero no amplía el horizonte de calidad ni determina algún criterio selectivo.

 

Dinámica histórica

 

Movimiento armónico, intensidad metafórica y descripción del paisaje. Tal los rasgos pertinentes de la poesía de Chiapas, que se expresa en versos de diferente factura. Desde la actitud becqueriana, tardíamente romántica de Rodulfo Figueroa en el siglo XIX, pasando por el verso decantado de Rosario Castellanos hasta la áspera trepidación entrecortada y la contracción sintáctica vallejeana de Vásquez Aguilar, sin olvidar la precisión metafórica y la disposición plástica de Bartolomé, que se desplaza por la invocación susurrante de Roberto Chanona para nombrar las cosas y conjurarlas hasta tocar la  revelación de los mitos como expresión real, forjadora del reino del fuego y del silencio para resguardar los enigmas, los estigmas del olvido, como sucede en Yolanda Gómez Fuentes. Distante de los regionalismos, la tradición poética de la zona demuestra la validez universal de estas voces caracterizadas por el sello significativo y renovador. Una presencia que potencializa la reciedumbre del canto y lo redimensiona, como una particularidad indefectible, en el ámbito de la literatura universal.

            Por lo mismo, Rosario Castellanos se yergue, todavía, como una inteligencia insuperable, incluso en el ámbito de las letras mexicanas. Abordó todos los géneros literarios y no desestimó la cátedra ni el periodismo para dar cauce a su preocupación fundamental: oficiar en el altar del conocimiento. Como poeta, desde Apuntes para una declaración de fe (1948) hasta la compilación de su obra Poesía no eres tú (1972) supo enfrentar su vocación con entereza, superando la confesión personal, las particularices intimistas. Por supuesto que tuvo conciencia de su mestizaje, de la raigambre cultural de una raza vencida, con la consiguiente madurez y profundidad de sus poemas. El desamparo, la pérdida del amor, también potencializan a sus poemas, dándole una gravedad característica.

            Jaime Sabines utiliza una expresión enérgica, aunque cotidiana. El sentido es propio, sin que por ello soslaye el lenguaje figurado. Todo en Sabines es sensitivo: hasta a Dios es posible tocarlo, o negarlo según se presente la ocasión. Algo sobre la muerte del mayor Sabines es un cántico universal que invoca el amor filial. Grave, crudelísimo, el poema exalta la caída del “héroe moral”: el padre muerto. El cántico capital de Sabines tiene una secuencia casi cronológica: describe los acontecimientos objeto de su salmodia: la enfermedad del padre, el tratamiento en el hospital, su fallecimiento; recuerdo de los padecimientos como motivo para manifestar el transcurso de la existencia, los funerales –con su descripción fonética vía los responsos agrupados del VI al VIII cantos– hasta desembocar en la reflexión y conceptos sobre la muerte; también representa una dolorosa meditación sobre el sentido del mundo y de la vida frente a la presencia de la degradación física.

            En cambio Enoch Cancino Casahonda construye su poesía con sencillez y soltura, elaborando paisajes íntimos y ventanas campiranas. En “Noquis” Cancino hay sabiduría, conocimiento del mundo, del conflicto interior del ser humano, además de su expresión cotidiana donde vibra la provincia. Por ello describe con soltura ese mágico instante en que los seres humanos nos recobramos. Cada poema expresa sabiduría, el conocimiento que deviene en experiencia, gracias a la madurez con que observa al mundo y lo construye líricamente. Es el primer Académico de la Lengua y autor del celebérrimo Canto a Chiapas.

            Juan Bañuelos participó, en su momento, en el grupo de poetas conocidos como La espiga amotinada, quienes postularon una propuesta lírica surgida de una fuente común: la exaltación, la ira y la subversión de los cánones literarios. Diferentes entre sí, los “espigos” surgen como un grupo político-literario en una etapa crítica para el país, sobre todo si se recuerda la huelga ferrocarrilera en 1958, con Demetrio Vallejo a la cabeza, y que hizo coincidir, políticamente, a José Revueltas con estos escritores; vale resaltar, además, el movimiento magisterial, el asesinato de Rubén Jaramillo, como otro parámetro histórico para comprender la importancia de esta corriente literaria. La poesía, para Bañuelos, responde a las necesidades de la colectividad como principio irreductible. Acaso por lo mismo el título de su primer libro sea un indicador: Puertas del mundo (1960). El mejor Bañuelos es el que canta el sentimiento mismo del hombre, el que observa a la humanidad desde su perspectiva amorosa. Quiero insistir en el aspecto amoroso del autor de Espejo humeante (1968), soslayado por la crítica. Bañuelos es, por supuesto, un ser sensible que busca reflejar la realidad a partir de las herramientas que tiene a la mano: su conciencia de hombre y su voz de rapsoda. También es un cronista  cuya bitácora lírica va describiendo ritmos y sensaciones, circunstancias y acontecimientos. Las voces de la historia van de la mano de los mitos indígenas. Evocación, deslumbramiento, entonación sacra, incluso en la conciencia colectiva que es su poesía.

            En su momento, la iracundia verbal de Óscar Oliva da paso a la ternura, a las circunstancias sociopolíticas e históricas. Erótico y sensual, este autor vuelve una y otra vez a la posesión del lenguaje, donde la función expresiva y comunicadora cobra nuevo sentido al incorporar al discurso lírico el empleo de flechas, círculos y otros símbolos pictóricos y tipográficos, como ocurre en estado de sitio (1972). Su intencionalidad expresiva lo lleva a desembocar en el ritmo de la prosa, sacrificando muchas veces la imagen. Es decir, la poesía de Óscar Oliva deviene de la zozobra cotidiana y marcha abruptamente en un discurso pleno de libertad metafórica, de ahí el uso del verso largo, como versículo, para determinar su densa respiración. Las enumeraciones son golpes, peñascos que caen y percuten con violencia. En Trabajo ilegal (1985), independientemente de sus contenidos políticos, intenta la reflexión sobre la función poética. De esta manera forja una voz que se vuelca sobre sí misma. Evolución e involución lírica, a la que sigue el expirar y renacer de la palabra.

Aunque nacido en Huixtla, Chiapas, hacia 1942, Roberto López Moreno crece al mundo y a la lírica en la ciudad de México y escribe poesía acaso como una condena, o mejor: como una necesidad vital que le permite hacerse y rehacerse. Poesía adentrada en la vertiente de la lengua popular: voz, ritmo y pasión que se hermanan en el eco dormido de los dioses tutelares; sentencia humana que nace al impulso de la guitarra. López Moreno hurga, también, en la génesis del mundo. Y todavía más: lo inventa. Alegato desde el saurio, por ejemplo, constituye un canto cósmico donde el conocimiento y la palabra se transforman en un enorme saurio que se engulle a sí mismo; aquí todo tiene lugar: el mito, la historia, la histeria, la retórica. Y los cambios de puntuación, los juegos gratuitos de palabras que, de tan reiterados, se nulifican y molestan al corpus general del poema. Las imágenes, empero, atruenan el espacio lírico con sus destellos fulgurantes. López Moreno juega, se desborda, se deja llevar por la musicalidad de las palabras. Pero en su pecado lleva la penitencia: frente a insólitos hallazgos, caídas imperdonable; cacofonías y aliteraciones cabalgan y se encabritan hasta arrojar por tierra sus buenas intenciones.

            En cambio la voz de Elva Macías (1944) marcha decantada, rigurosa en la selección de los vocablos; temas y descripciones fluyen a través de estructuras formales definidas por los especialistas como cuplings o apareamientos; expresiones que asumen estructuras peculiares. Elva Macías recurre a la fluidez expresiva. El tono, la respiración y las imágenes cabalgan sobre el sentimiento íntimo (y objetivo, empero). El lenguaje de la autora se derrama, se “escancia” sobre la copa del poema, del sentimiento mismo.

            Inmerso en la sonoridad de la Palabra, imbuido de esa fuerza volcánica, telúrica, Raúl Garduño se irguió con toda su potencialidad lírica desde sus primeros poemas, publicados en el volumen colectivo Poesía joven de México (1967). Paisajes marítimos, de belleza cosmogónica, inundan sordamente los hallazgos líricos, los constantes deslumbramientos que configuran su sentimiento particular. Fallecido en plena juventud, Garduño supo que la naturaleza, esencial en su corpus lírico, era un motor genérico y totalizador. Para este creador la poesía representaba una serie de presagios, símbolos y señalamientos que, de manera precisa, ocultaban esa otra realidad, acaso la más exacta y perfecta: la de las esencias. En su obra encontramos diversas características que confirma este aserto: el tono recitativo, propio del canto y la declamación, expresado mediante estructuras anafóricas y epítomes y reiteraciones.

            Joaquín Vásquez Aguilar (1947-2001), otro juglar desaparecido, es un lírida que va desparramando su voz en golpes de humanidad, donde el calor, el mar, los días oscuros, los cambios de estación, se dan la mano con la esencia poética; por lo mismo, su primer poemario, Cuerpo adentro (1977) representa la crónica de su alma vista a través de a naturaleza, la cual le dio su cualidad y calidad estética, sus núcleos axiológicos. Imágenes sugestivas, golpeando el ritmo, la melodía, irrumpen en esta propuesta evocadora de Vallejo. Atmósferas e intenciones creadas en virtud de la sintaxis violentada son las características de Vásquez Aguilar.

            Originario de Ocosingo, Efraín Bartolomé (1950) rescata la visión del Idilio salvaje y como Manuel J. Othón canta e invoca a la naturaleza; la convoca para manifestar que su discurso deviene de los astros, como expresaba Huidobro; basta y sobra citar el primer canto de Música lunar (1992) o los poemas de Ojo de jaguar (1990) para signar lo anterior. Lo plástico y sensual de Bartolomé repercute en su imago mundi: la naturaleza. También hay acentos neocreacionistas; su expresividad lírica representa una cópula singular, donde el amor se fundamenta en la realidad. En Bartolomé se advierte un profundo lirismo, donde la poesía es unión, comunión, signo sagrado. Lo sacro de la existencia, como tema único poético, se devela en su obra. Por lo mismo, también hay expresiones testimoniales, afirmaciones y contundencias para enmarcarse en el flujo continuo de la humanidad. El ritual del bardo se consuma: el paisaje es una sutil palpitación, la evocación de un rito, una mágica liturgia.

A Socorro Trejo Sirvent (1954) la hemos leído mal. O la hemos ignorado por décadas. Así, de tan cercana, la figura sencilla de Socorro Trejo Sirvent (1954) ha vuelto transparente, casi invisible, a la artista cuyo sentido de la emoción se revela en la Palabra de manera expresivamente insólita. La mujer –madre de familia, ama de casa, etcétera– ha ocultado a la poetisa constructora de mundos y espacios, a la poeta de gran envergadura cuya dimensión lírica debe ser apreciada en virtud de que a través de su obra ha sabido forjar los aspectos más terribles y dolorosos de lo bello, revelando al espíritu como función suprema. En su poemario inicial, Para decir mañana, Trejo Sirvent enuncia reminiscencias emocionales a través de la Palabra, develando lo que a los ojos profanos puede parecer oscuro e impenetrable, puesto que el Poema no es el simple conjunto de líneas resonantes, sino un estado de ánimo profundo, una imagen develadora que condensa la conducta cotidiana. Por eso es capaz de evocar al abuelo Octavio, o bien observar lo que acontece “Desde el tejado” o lo que ocurre desde un “Haz de luz”:“El día lanza su llama que fustiga/roja presencia que deslumbra la memoria/avanza/como río que fluye sobre la piel del mundo”

María del Rosario Bonifaz (Comitán, 1957), heredera indiscutible del vigor que caracteriza a la poesía chiapaneca; cadencia rítmica gracias a las anáforas reiteradas, particularizan su obra todavía incipiente, pese a sus tres libros publicados, y que aguarda entronizarse a plenitud en el ámbito de la lírica nacional. Por supuesto que entre los más recientes autores, Mario Nandayapa (Chiapa de Corzo, 1965), es quien más se enlaza en esta tradición. Su reciedumbre discursiva está llamada a exteriorizarse en un cántico ancestral, revelador, producto de su raigambre idiomática, mítica.

De los autores que surgen de la antología Jóvenes poetas de Chiapas (1986), Uvel Vázquez (1963) es, acaso, quien tiene una voz particular. Los 20 poemas de su poemario Paradigmas de un mismo paisaje (2009) demuestran los amplios recursos metonímicos integrados a la dinámica del poema, a la voz lírica que se eleva para establecer, con precisión, los avatares del mundo. Por ende, precisa: “Extiendo mi ocio a lo largo de mí/ y lo habito como hombre agónico/ y escribo con mis dedos sin uñas…” De manera que la mirada del autor escudriña, hurga en el sentimiento como una memoria futura que contiene esos Paradigmas de un mismo paisaje: el hombre universal, ese individuo, único desde luego, que contempla el ámbito social, el hambre, la naturaleza misma que habla en voz de las festividades, del imperio, de los centros ceremoniales donde la Reina Roja y Pakal aún reinan.

Se suman a estas voces autores más connotados, como José Falconi (1954), Manuel Cañas (Chilón, 1956) y Yolanda Gómez Fuentes (Tapachula, 1965), al igual que Adolfo Ruiseñor, Roberto Chanona, Marlene Villatoro o Nora Piambo, así como a Víctor García (de Acapetahua, 1970), sin olvidar al ya desaparecido Francisco R. Gordillo (Comitán de Domínguez, 1970-2002) o más recientemente Víctor Avendaño (San Cristóbal de las Casas, 1970) y Fernando Trejo (Tuxtla Gutiérrez, 1985). Por supuesto que además hay otros autores que apenas van forjando su obra. Gladys Fuentes Milla, radica en Tabasco, Elda Guzmán, quien continúa persiguiendo el Alba desnuda, Enrique Hidalgo Mellanes, María Auxilio Ballinas y Marvey Altúzar.

Después de Bartolomé hay autores invaluables, como Roberto Rico (Cintalapa de Figueroa, 1960), Eduardo Hidalgo (Huixtla, 1963) y Juan Carlos Bautista (Tonalá, Chiapas, 1964), quienes a mi juicio integran una tríada de interesante relevancia, no sólo por su tono y expresividad rítmica y metafórica, sino por sus pretensiones estéticas de hurgar en temáticas más presentes. Metros y ritmos en puntual equilibrio; significados con un sentido, una intención estética más que existencial, caracterizan a la poesía de Roberto Rico, de manera que su obra alcanza una excepcional dimensión lingüística. Un caso inusual en Chiapas, donde le cántico se desborda y el tono recitativo se congrega alrededor del paisaje; el autor se atreve a husmear en versos endecasílabos y heptasílabos, en metros alargados, buscando un efecto rítmico propio, particular, donde los adjetivos reveladores, que más que limitar, amplían el horizonte semántico del sustantivo.

            Con dos poemarios inusitados –Lenguas en erección y Cantar de Marrakech– Juan Carlos Bautista revela una voz vigorosa, impactante, donde los sentidos se enervan en un tiempo apretado, en un espacio profanamente sacro; la eternidad de la piedra, la dimensión estéril del amor entre efebos, se erigen como un bárbaro sobre un campo de trigo. Su poesía puede registrarse como una crónica única, insólita, del placer, de la morena brutalidad, donde ángeles pérfidamente suntuosos, adoloridos, descienden al insurrecto jardín del placentero Edén. Si alguien puede denominarse Poeta, después de Bartolomé, es indiscutiblemente Juan Carlos Bautista, quien aborda una temática homosexual.

Por su parte Eduardo Hidalgo, en su primer libro, Eco negro, demuestra que tiene recursos estilísticos suficientes como para enhebrar una obra luminosa; su voz oscila entre la experimentación versicular, hurgando en los espacios vacíos, en los silencios y e la cotidianidad minuciosa de la experiencia vital. Pero en este poemario inicial, el tono elegíaco predomina. La última de forros es reveladora: “Eco negro es un canto por lo perdido, lo revelado y hallado en la muerte. Una estética palpitatoria de lo recobrado entre los escombros de lo citadino y el encuentro filial e intemporal del nosotros”.

Es válido agregar a Balam Rodrigo (Villa de Comaltitlán, Chiapas, 1974), diplomado en Teología pastoral, biólogo y exfutbolista, quien a pesar de su vocación de poeta escribe artículos de divulgación científica. Premio Estatal de Poesía Raúl Garduño (Chiapas, 2004), Premio Estatal de Crónica César Pineda del Valle (Chiapas, 2005), Premio Regional de Poesía Ydalio Huerta Escalante 2005 y Premio de Poesía Joven Ciudad de México 2006. Autor de varios títulos de poesía, entre los que destacan: Hábito lunar (2005), Poemas de mar amaranto (2006), Libelo de varia necrología (2006 y 2009). Becario del Programa de Estímulo a la Creación y el Desarrollo Artístico Coneculta-Chiapas 2005 y 2007. Radica en la ciudad de México.

            Por supuesto que el autor de este trabajo se excluye del recuento crítico por razones obvias, aunque es válido destacar lo siguiente: Según El poema seminal: “En la literatura mexicana, el nombre de Óscar Wong (1948) es sinónimo de persistencia, de constancia. Durante casi 40 años ha luchado contra todo para forjar una escritura que se sostiene por sí misma, fiel al lenguaje, a la búsqueda de la poesía y a sus propias leyes internas. Sus raíces, la china y la chiapaneca, están plenamente amalgamadas en su trabajo creador, sin mostrarse aparatosamente. De ahí que su poesía es un continuo triunfo sobre la armazón idiomática de que está hecha. Además, el magisterio casi silencioso y la continua indagación crítica de que ha hecho alarde, sostiene a Wong como alguien que ha podido superar con creces las limitaciones del capillismo y el sectarismo, tan marcado en estas lides”.